jueves, 22 de enero de 2015

El Gran Bonete

La alusión es más que evidente...



En este país hace tiempo que estamos jugando al juego del Gran Bonete. ¿Se acuerdan? Nos sentábamos en ronda en el patio escolar o en la vereda y en el centro se ubicaba el argentino o la argentina, obvio, que hacía del Gran Bonete, ¿vos viste? Entonces decía bien alto:

- "Al Gran Bonete se le perdió un pajarito y dice que el Celeste lo tiene..." (señalando a cualquiera de los participantes, tenga éste último el color nombrado o no, para tratar de confundirlos, la típica avivada criolla).

Si el Celeste estaba atento, el juego procedía de la siguiente manera:

- "¿Yo, señor?"

- "Sí, señor."


- "No, señor."


- "Pues, entonces ¿quién lo tiene?"

- "¡El Blanco!"



Y así sucesivamente hasta que se descubría al que sí tenía al Gran Bonete. La diferencia entre este juego de niños, en el cual ya de chiquitos aprendíamos a tirarnos la pelota de uno a otro y a hacernos los giles, es que en el juego llegaba un punto en el cual la Verdad se descubría y aparecía el Gran Bonete. El que tenía al Gran Bonete se lo entregaba a otro y se continuaba jugando. En este país, en cambio, el Gran Bonete no aparece nunca a pesar de que está bien pero bien lleno. Tapa todas las Mentiras, los Afanos, la Corrupción, el Garantismo, La Desidia, la Ilegalidad, la Impunidad, el Crimen Organizado, la Mafia del Poder y un largo etcétera. Y la Gran Verdad nunca aparece. ¡Pobre de vos si sos víctima de un delito, si te matan a un familiar o si tenés un accidente de tránsito y tenés que ir a golpear las puertas de la Comisaría o de los Tribunales de Justicia! ¡Pobre de vos si sos el que destapa la olla! Olvidate. La Justicia está jugando al juego del Gran Bonete. Te van a investigar hasta los dientes, van a averiguar todo sobre vos, con pelos y señales, van a sombrar dudas sobre vos, te van a desacreditar, a vos y a los tuyos, vas a tener que sudar sangre para probar que sos la víctima y le van a dar todas las garantías al victimario, ya que los derechos humanos en este íspa son de mano única. Hace rato que cambiaron el sentido de la doble mano en ese plano. Van a pasar años hasta que alguien sensato lo restablezca, o tal vez será que nunca existió, que siempre todo fue Celeste o Blanco, que esos colores nunca formaron una sólida unidad, que el sol nunca brilló iluminando la Justicia en medio de ellos ¿quién te dice? Ya me cansé de leer libros de historia para tan sólo constatar la inoperancia de tantos que se encargaron de fundir lo que solía ser, no hace tanto, "el granero del mundo". Ahora nos salen granos por todo el cuerpo de indignación al ver como siguen jugando al Gran Bonete los encargados de hacer brillar el sol. ¡Sí, señora, se lo dije.! "¡Vamos por todo"!


A boca de jarro


lunes, 19 de enero de 2015

Viva la Vida

"Viva la Vida, sandías", óleo de Frida Kahlo, 1954


"Viva la Vida" es una canción de Coldplay lanzada en el 2008 en iTunes para su descarga digital y una de mis favoritas. La banda promocionó su lanzamiento en el el mes de mayo de aquel año en el programa televisivo norteamericano "American Idol". Está incluida en el cuarto álbum de Coldplay, una banda británica formada en Londres allá por 1996 e integrada por Christopher Martin, la poderosa voz y el hombre en el teclado y la guitarra, Guy Berryman, en el bajo eléctrico, y Will Champion, en la batería, los coros y otros instrumentos. En un principio cuando lo escuché pensé que se trataba de U2, ya que la voz del cantante se me hace semejante a la de Bono en este tema en particular, pero ahora ya me resulta inconfundible. Se trata de una composición que se convirtió en un gran éxito musical apenas fue lanzado al mercado discográfico, alcanzando los primeros puestos del ranking en países como Argentina, Brasil, España, Gran Bretaña y Estados Unidos.


Coincidemente, existe una pintura de Frida Kahlo bajo el mismo título, "Viva la Vida". Es una de las obras pictóricas en óleo más reconocidas de la artista surrealista mejicana en la que plasma una sandía de pulpa color escarlata cortada en rodajas de distintas formas y dimensiones contra un fondo que deja entrever la dualidad "vida-muerte" en la cual se hallaba Frida al reflejar un cielo tan iluminado como oscuro. Frida dejó su marca en esta naturaleza muerta inscribiendo en una de las rodajas cortadas su propio nombre y añadiendo el lugar donde la realizó y el año, Coyacán, en su afamada Casa Azul, 1954, México. Y en letras mayúsculas agregó la leyenda "Viva la Vida" otorgándole fuerza a la composición. Según los críticos de arte, las frutas se encuentran cada vez menos definidas en el trabajo de la artista debido a los síntomas de la enfermedad. Frida padeció una poliomielitis en su niñez que dejó secuelas que nunca le permitieron caminar bien y soportó por una década dolores crónicos como consecuencia de un serio accidente de tránsito por el cual sufrió fracturas múltiples hasta que finalmente su pierna derecha debió ser amputada por debajo de la rodilla a causa de una gangrena. De algún modo, la leyenda en este trabajo define su lucha contra ese dolor y la audacia que caracterizó su vida entera. Fue una mujer considerada bella, inteligente, con ideas políticas definidas y talentosa a la vez que la más deseada de su tiempo. Su unión matrimonial con Diego Rivera fue tormentosa dada la repetida infidelidad de ambos y, luego de una vida artística prolífica, falleció el 13 de julio de 1954 a los cuarenta y siete años, dejando como última anotación en su diario: "Espero que la partida sea feliz y espero nunca regresar."


 "Pies para qué los quiero, si tengo alas pa' volar."
Tomado del Diario de Frida Kahlo, 1953.


Cuentan que Chris Martin, el vocalista de la banda inglesa archipremiada, celebró sus treinta años de edad en Méjico durante una gira de promoción de uno de los trabajos de la banda en 2007, ofreciendo un recital en el Auditorio Nacional. En esa ocasión visitó el Museo Frida Kahlo y Diego Rivera. La obra de las sandías lo dejó tan impactado que decidió entonces emplear su leyenda como parte de su siguiente trabajo y cerrar la gira de presentación del mismo en Méjico para homenajear a su musa. Al ser interrogado por el título "Viva la Vida", Chris hace referencia a la fuerza vital de Frida Kahlo que le valió como inspiración para componer el tema junto a al resto de la banda. De todas formas, la letra de la canción poco tiene que ver con la pintura. El tema hace clara referencia al rey Luis XVI, quien fuera monarca en tiempos de la Revolución Francesa, cuyos manejos políticos fueron esquivos y torpes con tres años de malas cosechas que causaron la hambruna que desencadenó la furia del pueblo francés que finalmente se alzó contra su gobierno y lo llevó a la guillotina para ser decapitado en 1793. A este rey de poco carácter se le recuerda más por este hecho que por sus logros en el plano de la política internacional, ya que debilitó a Gran Bretaña apoyando activamente la independencia de su colonia en América del Norte. Podría decirse que Estados Unidos le debe tanto a Luis XVI como al mismísimo George Washington por su propia independencia de los ingleses.


Luis XVI de Francia en un retrato de Antoine-François Callet (1741-1823), Museo del Prado, Madrid.

En "Viva la Vida", este rey habla en primera persona y se lamenta por el poder que ha perdido y la reacción adversa de su pueblo.  Hay además alusiones religiosas en el estribillo ya que al haber errado como rey, el hombre descubre que su reino no ha tenido asidero y se refiere indirectamente a Jesús aceptándolo como único rey. Aquí les dejo una traducción propia de esta bella y poderosa composición musical que Josep Guardiola solía emplear para estimular a los jugadores del Fútbol Club Barcelona antes de los partidos en las temporadas del 2008 y 2009. Se dice que lo hacía sonar en el autocar y en el mismo Camp Nou. De hecho, jugadores como Xavi y Messi han hecho pública su arraigada creencia en que este tema les trae buena suerte.




Versión traducida:


Solía gobernar al mundo

Los mares se alzaban cuando daba la orden
Ahora en las mañanas duermo solo
Barro las calles que solía poseer

Solía hacer rodar el dado
Sentir el miedo en los ojos de mi enemigo
Escuchar mientras la multitud coreaba
"¡Ahora el viejo rey está muerto! ¡Larga vida al rey!

Por un momento tuve en mi poder la llave
Luego las paredes se cerraron sobre mí
Y descubrí que todos mis castillos se yerguen
Sobre pilares de sal y arena

Oigo que las campanas de Jerusalén están repicando
Los coros de la caballería romana están cantando
Sean mi espejo, mi espada, mi escudo,
Mis misioneros en tierras foráneas

Por alguna razón que no puedo explicar
Una vez que te vas descubres que nunca hubo una palabra honesta
Nunca una palabra honesta
Pero esa era cuando gobernaba al mundo

Fue el malvado y salvaje viento
El que derribó las puertas para dejarme entrar
Ventanas rotas y el redoble de los tambores
La gente no podía creer en lo que me había convertido

Los revolucionarios esperan
Mi cabeza en una bandeja de plata
Soy sólo una marioneta pendiendo de un hilo solitario
Oh, ¿quién desearía ser rey?


Oigo que las campanas de Jerusalén están repicando
Los coros de la caballería romana están cantando
Sean mi espejo, mi espada, mi escudo,
Mis misioneros en tierras foráneas

Por alguna razón que no puedo explicar
Sé que San Pedro no pronunciará mi nombre
Nunca una palabra honesta
Pero eso era cuando gobernaba al mundo.



Versión original:


I used to rule the world

Seas would rise when I gave the word
Now in the morning I sleep alone
Sweep the streets I used to own


I used to roll the dice

Feel the fear in my enemy's eyes
Listen as the crowd would sing
"Now the old king is dead! Long live the king!"


One minute I held the key

Next the walls were closed on me
And I discovered that my castles stand
Upon pillars of salt and pillars of sand


I hear Jerusalem bells are ringing

Roman Cavalry choirs are singing
Be my mirror, my sword and shield
My missionaries in a foreign field


For some reason I can't explain

Once you're gone there was never
Never an honest word
But that was when I ruled the world


It was the wicked and wild wind

Blew down the doors to let me in
Shattered windows and the sound of drums
People couldn't believe what I'd become


Revolutionaries wait

For my head on a silver plate
Just a puppet on a lonely string
Oh who would ever want to be king?


I hear Jerusalem bells are ringing

Roman Cavalry choirs are singing
Be my mirror, my sword and shield
My missionaries in a foreign field


For some reason I can't explain

I know Saint Peter won't call my name
Never an honest word
But that was when I ruled the world

I hear Jerusalem bells are ringing
Roman Cavalry choirs are singing
Be my mirror, my sword and shield
My missionaries in a foreign field


For some reason I can't explain

I know Saint Peter won't call my name
Never an honest word
But that was when I ruled the world


Coldplay - Viva La Vida


A boca de jarro

sábado, 17 de enero de 2015

Madre-abuela

Fernando Botero,  "Plenilunio"
El día en el que Luisa puso un pie en la panadería de la otra cuadra fue su perdición. Hacía el turno de la mañana, entrando a las seis para levantar la persiana del negocio a las siete menos cuarto y sacar la primera horneada de pan y facturas. Ya a las siete, le entraba a las figacitas de manteca para empujar los primeros mates humeantes. A eso de las ocho y media cuadraban un par de medialunas de grasa de la segunda horneada y algún que otro sacramento calentito con un cortado. Y al mediodía, antes de ir a casa a preparar el almuerzo para Beto y Nahuel, a quien debía retirar del colegio a la una menos cuarto, no sentaban nada mal unos sándwiches de miga de jamón, queso, huevo, tomate y lechuga. Así fue como, en un abrir y cerrar de ojos, se puso veinte kilos encima, y sus piernas estallaban de dolor por las várices infladas de tanto estar parada con semejante sobrepeso. Beto le decía, "Gorda, la panadería te va a terminar matando." Pero ella seguía comiendo, no podía parar, era más fuerte que ella. Sabía que por la tarde iba a tener que cuidar a Nahuel y la idea no le terminaba de cerrar. No se podía negar al pedido de su hija menor de hacerle de madre al crío todas las tardes porque la pobre hija trabaja doce horas por día a la par de su marido para poder parar la olla, aunque le resultaba difícil lidiar con el chiquitín. Por las noches se tiraba en el sillón frente al televisor ya reventada y trataba de convencerse de que no había amor más grande que el que sentía por ese borrego, a pesar de que se quejaba sin parar del trabajo que le daba con sus caprichos y berrinches. "Es que las madres modernas no están presentes para ponerles límites a los chicos: para eso ahora estoy yo, la madre-abuela...", le decía con voz retumbante a Beto, que cambiaba los canales buscando fútbol donde hubiera para ni siquiera mirarla.

La otra tarde la escuché pasar con el chico a rastras protestando por la vereda de casa a eso de las cinco y media, a la hora en la que algunos valientes recién se animan a salir al horno de asfalto medio desierto de las calles de barrio porteñas en pleno enero. Luisa tiene una voz potente y dominante por la que se me hace inconfundible. En estas tardes de verano no sabe qué hacer con el nieto aburrido en casa. Le puso una pileta de plástico en el patio pero el pibe no se queda quieto ni un momento y ya se le lastimó dos veces en lo que va del mes. Después hay que estarle dando explicaciones a la madre, que frunce el ceño cuando lo ve machucado. Le iba diciendo al nene que tenía que ir primero hasta la verdulería y que después le compraría un helado de dulce de leche, como habían quedado. Se la notaba pesada y cansada y daba pena ver cómo resoplaba y se abanicaba con el monedero. Seguramente mientras tanto Beto todavía estaba panza arriba con el aire acondicionado a todo lo que da sobre la cama. Tiene la excusa de que se cansa en el taller mecánico toda la mañana y de que no queda otra más que seguir hasta entrada la nochecita ajustando tuercas y rulemanes para no darle más que un poco de charla al pibe en el almuerzo y sintonzarle algún canal infantil así no hace ruido a la sagrada hora de la siesta. Ella lidia con todo: el negocio, las compras, la comida, la casa y el nene. Comer rico es su único escape de esta realidad que no termina de cuajar.

Hoy a la mañana me la encontré de cajera en la carnicería de la avenida. Se peleó con el panadero, estaba harta de madrugar tanto. Acá por lo menos le ponen una silla y hay aire acondicionado. "¿Y Nahuel cómo anda, Luisa?", le pregunté, tirándole de la lengua. "Nahuelcito, bien. Lo anotamos en la colonia de verano municipal para la segunda quincena de enero y todo febrero. Lo va a llevar el abuelo al mediodía y lo voy a pasar a buscar yo cuando salgo de la carnicería a eso de las cinco. La verdad es que, ¿qué quiere que le diga, señora? ¡Me cambió la vida! Eso de hacer de madre-abuela es un yeite moderno que no me termina de cerrar. Veremos cómo nos arreglamos después en marzo cuando empiecen de nuevo las clases." 

Veremos. No sé cómo habrá logrado que Beto se digne a llevar al pibe a la colonia en el auto con motor preparado que maneja haciéndolo rugir por todo el barrio en pleno mediodía de verano. Tal vez premiando al sacrificado abuelo con unos buenos chorizos y colita de cuadril para el asado del domingo en lugar de tanta figaza dura que sólo servía para budín de pan. Las mujeres siempre nos la rebuscamos para convencer a nuestros maridos de lo que necesitamos de alguna manera, y Luisa estará harta de hacer de madre-abuela, estará gorda, todo lo que quieran, pero no es la excepción a la regla, eso queda claro.

A boca de jarro

jueves, 8 de enero de 2015

En el subte porteño





    En el subte porteño, más concretamente en la línea D, que va desde el Barrio de Belgrano hasta la Catedral, hay carteles pegados dentro de los vagones que rezan: 



"No arrojar papeles en el piso. 
No pegar carteles en las paredes. 
No pintar los vagones. 
Gracias."

Tome el subterráneo para ir a regañadientes a la consulta con el endocrinólogo recomendado, otro especialista... Es paradójico que, con estos simples y claros pedidoslos porteños nos empeñemos en hacer todo lo contrario de lo que se nos pide para que nuestra ciudad no sea una mugre. Arrojamos al piso envases de gaseosa vacíos, colillas de cigarrillos fumados, envoltorios de alimentos varios, fósforos apagados, trozos de vidrio de botellas rotas y un largo etcétera. Ni qué decir de los excrementos de perros y gatos en las aceras y sobre todo en los canteros de los árboles mal cuidados que levantan las baldosas de las veredas y se enredan con el cablerío caótico de una urbe superpoblada en sus ramas a mediana altura, que con frecuencia caen desplomadas sobre techos, automóviles o personas cuando hay tormenta. Da pena ver el estado en el que se encuentran tantos árboles que las autoridades se niegan a podar erróneamente. La poda anual es necesaria para la salud de los árboles y para la urbanidad, además de ser una fuente más de empleo para tantas personas que necesitan trabajar. Recuerdo que alguna vez nos hartamos del alergénico plátano que se elevaba por sobre los techos de nuestro departamento antiguo y nos tapaba todas las rejillas con su pelusa amarillenta y lanuda e intentamos hacerlo podar por un buen señor que nos tocó el timbre y se ofreció a hacerlo por unos pesos. Algún vecino llamó a la policía que acudió raudamente a nuestro domicilio a frenar el intento de ganar luz y salud para nuestra vivienda y la cuadra entera por estar consumando lo que ahora llaman acá un "delito ecológico". Detuvimos la operación de inmediato, so pena de ir presos por el bendito árbol, y emprendimos la búsqueda de una nueva casa que compramos con mucho sacrificio y la ayuda de la familia sin estar siquiera terminada su construcción.




Todo eso se me vino a la cabeza mientras, sentada en un sillón de pana desgastado y descolorido, observaba la suciedad a mi alrededor no sin cierto grado de alarma. Ya en las escalinatas de descenso a la estación me revolvió un incisivo olor a orina humana después de haberme topado con media docena de seres humanos durmiendo en los alrededores bajo las marquesinas de algunos negocios echados sobre el húmedo piso sobre cartones bajo el sol del mediodía.  A estos los llamamos "cartoneros", aunque cuando era chica decíamos que eran "linyeras". Hice un esfuerzo por no enojarme más con la realidad en la que vivo y que no puedo cambiar para mejor, y mis ojos comenzaron a posarse en la variopinta fauna humana apretujada en el compartimento mal ventilado y maloliente. En un vagón de subte cabe el mundo entero, es increíble. Está la embarazada con los pies hinchados que se abanica con la tarjeta magnética que ahora usamos en lugar del viejo cospel para acceder a las vías, quien, con todo justo derecho por estar que revienta, pide asiento ni bien asciende, porque si no lo pide, no se lo ceden. El muchacho que ocupaba el lugar destinado para embarazadas y personas con movilidad reducida le dice a la chica que pensó que estaba gorda y no embarazada, y la chica le tira una sonrisa como un cuchillazo directo a su tatuada y depilada yugular de metro sexual. No hay nada peor para una porteña que la traten de gorrrrda, máxime un tipo que está más arreglado que una mina. Un horror.

Sube la puta cara enfundada en una mini color caqui y remera musculosa con estampa de leopardo  el "animal print", muy en voga por estos lares hace ya unos cuántos años  rubio su pelo largo y recién planchado, largas sus uñas pintadas de negro, haciendo juego con sus tremendas sandalias de plataforma de madera y capellada dorada que combinan con un enorme bolso imitación Gucci que venden los senegaleses y otros varios que se apropiaron de las calles sin permiso como manteros, arrojando mantas sobre las aceras para exhibir sus productos varios truchos, y parada con su envidiable estampa de Barbie, sin asirse a ningún pasamanos, le da duro a su iPhone con la mano donde le brilla un reloj enorme. Desliza el pulgar con asombrosa habilidad sobre la pantalla de su aparato y un treintañero carilindoenfundado en un pantalón azul marino Calvin Klein y una camisa blanca y bien planchada Polo, gira en sentido de la puta y se posiciona rápidamente a su lado. Sin notar siquiera que me como la escena con los ojos, pela su tremendo iPhone y, sin quitar la mirada fija en la pantalla del celular de la puta fina, empieza a digitar él también desesperadamente con la mano donde le brilla una alianza de platino. Pienso en la pobre cornuda que seguramente le planchó la camisa esta mañana con manos de uñas cortas de ama de casa sacrificada y sigo devorándome el intento de levante virtual con la vista. En eso el tipo se aviva de que lo estoy relojeando demasiado, y rompo contacto visual riéndome para mis adentros. Antes los levantes callejeros o en transporte público se parlaban, ahora se digitan en tecnología de punta. No puedo dejar de rascarme la cabeza ante los cambios que han devenido en tan pocos años en esta ciudad que creía conocer de memoria.

Ya llegando a Facultad de Medicina, la estación en la que me tengo que bajar para ir a la calle Laprida, a un segundo piso, con este calor pegajoso que me hace transpirar, y sin novedades en el frente del levante virtual porque la puta fina ni se mosqueó con el punto del Calvin Klein, después de que desfilaron por el corredor abarrotado de gente de pie una decena de vendedores ambulantes dejándote sobre el regazo tarjetas bono contribución, Mantecol, chicles, lupas y mini kits de costura para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, sube un trío de músicos con rastas y tatuajes de colores en todas las partes del cuerpo visibles, que son demasiadas para mi gusto, y se ponen a tocar "Thriller" de Michael Jackson, con guitarra, saxo y tambor sobre una pista de lo mejor. Tiran al piso una lata de dulce de batata pelada que usan a modo de gorra. Se ve que la gorra se la birlaron en alguna vuelta de éstas, que es lo menos que te puede pasar en el transporte público porteño. Me pongo contenta, ya que, al menos, los gustos musicales de estos pibes son más o menos los mismos que los míos cuando tenía diez años menos que ellos. Saco un billete de cinco mangos de la billetera y se lo pongo en la latita justo antes de bajar. Me da las gracias medio fruncido. Con cinco mangos no se hace nada en este íspa hoy o por hoy pero peor es nada, hermano. No te voy a lagar el billete de cien que tengo reservado para taxi por las dudas.

Emerjo del mundillo subterráneo y entro a caminar ligero para llegar a horario. Se nota que en eso también estoy un tanto descolocada: la puntualidad no es una característica porteña. El médico me hace juntar orina en la sala de espera por media hora antes de darme la orden para hacer otro análisis de tiroides, aunque me dice que él no piensa que haga falta, que lo que me hace falta es llenarme la vida con algo más que mi familia. Chocolate por la noticia, doc. 

-¿Y la caída de pelo, doctor?-, le pregunto, en un último intento de sacarle algún jugo a esta humillante pérdida de tiempo. 
-Eso es estrés y herencia, señora. Tome aminoácidos que no le van a venir mal.-, me escupe el sabiondo doc. 

Herencia, sí, todo es herencia, hasta el estrés. Siempre que me hablan de herencia pienso que todo lo malo se hereda, nunca un millón de dólares... Otra pastilla más, ni loca. Me raparé como Miley Syrus para estar más a tono con los tiempos. Y me vuelvo al subte silbando bajito.

A boca de jarro

martes, 6 de enero de 2015

Los especialistas


Me miró por sobre sus anteojos con ojos expertos de especialista. Luego de haber escuchado mi endeble voz y observado mi quebradizo lenguaje corporal atenta y silenciosamente, notó lo que estaba atravesado en mi garganta hacía ya tanto tiempo, y, para ser sincera, aún continúa allí a pesar de las píldoras redondas y celestes que me recetó para tomar cada mañana con el desayuno y las alargadas y ranuradas amarillas que debo partir para ingerir con mucho líquido a la hora de acostarme aunque me revuelvan el estómago todo el día. Alguien que sabe del asunto me ha dicho que a esto se le llama "el chaleco químico". 

Me rehusaba a ir a ver a otro especialista más de una larga lista y a comenzar a emplear un pastillero por primera vez en la vida a mis cuarenta y seis años, a sumar química de la cual dependo hace ya más de once años, desde aquel segundo post-parto en el que me pasé sin dormir cuatro o cinco noches seguidas, ya no recuerdo exactamente cuántas fueron, al regresar de la internación a casa, pero todos los miembros de la familia insistieron. Me preguntó con voz serena y sostenida si en aquella oportunidad sentí temor de cuidar a mi beba recién nacida, y no, no era eso. La cuidaba y mucho. Era una angustia que me había invadido al mirar a través de la ventana del tremendo hospital un día gris y lluvioso de aquel abril del 2003 y se me había quedado adherida al alma. Siempre me causaron aprehensión los hospitales, el incisivo olor a desinfectante que invade todos los sentidos, la bata blanca pero siempre salpicada de algo qué no se sabe bien qué es de los médicos, las corridas de las enfermeras por los largos pasillos, la falta de color y las manchas descarnadas de humedad de las paredes y los techos, la sangre salpicada en los pisos, los gemidos provenientes de otras habitaciones, la desolación pintada en algunos rostros vagabundos y somnolientos cuyas manos se aferran a un café intomable que se debe tomar para soportar estar ahí dentro, la comida insípida de enfermo y mi cara reflejada en el espejo del diminuto baño que ya no parecía ser la misma que la de antes de haber ingresado. Extrañada de mí misma volví a casa hecha un manojo de nervios que me hacían temblequear de la cabeza a los pies y saltar las lágrimas de angustia sin ninguna explicación racional. Todos me decían que debía estar feliz, que está cesárea programada con un capo en la obstetricia había sido todo un éxito, que por fin aquella cicatriz abierta en el bajo vientre que curaba mi esposo con esmero todas las noches desde la infección que me había pescado en el quirófano en el primer parto había quedado cerrada y lucía bien. Y yo entendía todo eso y no me explicaba todos esos sentimientos que me invadían. Leía libros especializados para entenderme pero no me entendía. Había deseado a esa criatura por años, me había reformado de mis malos hábitos: fumar, comer grasas, el sedentarismo de quien se sienta a corregir papeles por horas. Había hecho ejercicio como loca para estar en óptimas condiciones para el embarazo y continúe ejercitándome hasta el séptimo mes, un día en el que, al salir de la rutina matinal del gimnasio, sentí que me desmoronaba en un sudor frío frente a la puerta de la oficina de correo. Me atajó un policía que estaba merodeando la zona. Me hizo tomar asiento y me acercó una gaseosa de naranja bien dulce. Me sentí un poco mejor y volví a casa ya decidida a caminar más lento y a dejar el ejercicio por el momento.

Por aquel entonces también acudí al especialista, ese que me recetó la pastilla circular y blanca que ahora debo ir reduciendo de acuerdo a esta otra especialista y que entonces me impidió hacer lo que más anhelaba: amamantar a esa hija que completaba la familia que había soñado. Aquel médico joven, soberbio y mal entrazado me habló de crisis de angustia, de distimia, y me mandó a otra especialista a hacer terapia, luego de chequear que mis hormonas tiroideas funcionaran correctamente. Lo irónico fue que después de meses de hacer terapia y pagar  un ojo de la cara por cada sesión con la especialista en depresión post-parto, autora de un libro sobre el tema y todo, se me volvió a referir al especialista mal entrazado a controlar los niveles tiroideos de nuevo. Dieron otra vez, como era de esperar, al límite del hipotiroidismo, pero nadie quiere meter mano al eje tiroideo, eso queda claro.

Hoy tengo cita con otro especialista, un endocrinólogo recomendado, para hacer otro control hormonal y ya van demasiados. Lo cierto es que la especialista en psiquiatría que me recetó más pastillas de colores me aseguró que es normal que me sienta abatida en esta realidad donde no se premia al mérito, donde impera la corrupción, la avivada criolla y el "no te metás", donde todos los futuros son inciertos, los nuestros y los de nuestros hijos. Parece que estos últimos veranos están signados por los especialistas. De éste que voy a ver hoy, después les cuento.




A boca de jarro

IBSN

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."