miércoles, 27 de noviembre de 2013

Salve Regina




    Regina estaba en una habitación de dos con un enorme ventanal que da al jardín del hospital. Ella ocupaba la cama junto a la pared. La puerta estaba entornada y la habitación, en penumbras cuando entramos esa mañana de sol, porque nadie había levantado las persianas. No quería que se encendieran las luces. Yacía sobre la cama una mañana templada tapada con las frazadas viejas del hospital como si fuese pleno invierno, y se la percibía enojada y molesta. Su primer mirada fue de desdén. Pude leer su pensamiento: "¿A qué vienen estas beatas que no tienen otra cosa mejor que hacer con el Cristo, a darme la lata ahora que me estoy muriendo?"

Me acerqué tímidamente y le pregunté su nombre. En cuanto lo pronunció, supe que estaba hablando con un ser especial. Tenía un rostro fino, afilado y consumido por la enfermedad. Y su voz, áspera y gutural, era el resto de un terrible cáncer de garganta que confesó con ira a los dos segundos de charla. Fue un golpe duro para mí. Era mi primer contacto con una enferma terminal así. Otras veces me había acercado a ancianos entrados ya en edad, desahuciados por los médicos pero acompañados por familiares amorosos. Regina, en cambio, estaba absolutamente sola y no era tan mayor. Nadie la visitaba. Nadie la acompañaba en su agonía. Me pidió agua y comida. Miré la mesa de luz y vi que no había nada para darle de beber. Tenía una vía clavada en lo que quedaba de brazo para alimentarla. Le pregunté qué le apetecería comer. No me contestó. Estaba inquieta. Quería cambiar de posición, pedía que le subiera la cama y le bajara la baranda de contención. Le expliqué que no tenemos permitido hacer cosas por el estilo, que habría que esperar a la enfermera. Murmuró algún improperio contra mí por resultar tan inútil, y así me sentí, pero no claudiqué, confiando en que lo que más necesitaba era de alimento para el alma.

Comenzó a relatarme su historia de vida, de lucha y de dignidad. Se confesó una mujer deportista, nadadora, sana, alguien que nunca había probado alcohol ni fumado jamás.

-"Y sin embargo, mirame ahora. ¿Por qué me tuvo que pasar a mí, cuando hay otros que hasta parece que se la buscan y andan fumando por el jardín?"

Hay algo que se repetía en su discurso, que se desprendía de su enojo contra el destino que le había tocado vivir. Hablaba de tener la canasta llena de huevos, tantos, que hasta ya resultaba pesada de cargar. 

Hice silencio un rato, la tomé de la mano, le acaricié la frente suavemente y la cabeza, totalmente pelada y hermosa, y logré que dejara de mirar fijamente a la pared y me mirara a los ojos. Le dije que yo no tenía ninguna respuesta para ofrecerle, ninguna receta prefabricada para darle esperanza, que tan sólo estaba allí para visitarla, hacerle un rato de compañía e intentar apaciguar su ira. Agradeció el calor de mi mano y me susurró que todo su cuerpo estaba helado y cansado.

Entonces el azul de sus ojos se fundió con la enorme compasión que llenó los míos de lágrimas. No puede evitar decirle que tenía unos ojos soberbios del color del mar más bello y por fin logré arrancarle una tímida sonrisa. Caí en el lugar común de esas frases hechas que se escuchan por ahí, como que los ojos son el espejo del alma. Eso me lo perdono porque era justo ahí a donde quería llegar.

Le hablé con sinceridad, le dije que creía que sólo podía ayudarla a prepararse para partir porque me parecía una mujer sensata, y que todos merecíamos morir en paz. Volví sobre el magno manto de su nombre.

-"Sos una reina, Regina. Y podés irte como lo que sos."

Entonces así, por pura intuición, toqué la fibra más tierna que tenía sana todavía. Me confió, con la voz ya cansada, que cada noche antes de que se apagaran las luces de su mísera habitación de hospital, clavaba sus ojos celestiales en el techo y le parecía que se abría. Veía como en una visión a una señora vestida de negro que llevaba una corona y que le sonreía dulcemente. Y ella creía que esa señora era la que pronto vendría a buscarla para aliviar su dolor. Creó que notó que me desmoronaba espiritualmente yo, y me tomó fuertemente de la mano ella esta vez, suplicándome que volviera a visitarla. Y así me lo propuse. Al mirarla por última vez desde la puerta de la habitación era el perfil de la muerte lo que asomaba por entre las mantas sobre su lecho.

Salí al pasillo y me quebré en un llanto que tuve que ahogar. Mis compañeras me acompañaron a componerme al jardín, pero había sido todo muy fuerte por primera vez en los meses que llevaba haciendo esto de visitar enfermos. Callé lo que le tendría que haber dicho: que yo también había sentido alguna vez, en esas horas oscuras, la presencia de esa señora de manto negro a los pies de mi propia cama. Pero era cosa de loca mística, y no quería hablar de mí.

Llegué a casa hundida en un silencio cavilante. ¿Qué podría llevarle en mi próxima visita que le sirviera de alivio y preparación? ¿Cómo transformar su enojo en aceptación? ¿Cuánto podía demorarme? No mucho. Era viernes. El hospital se llena de gente que visita a sus enfermos los fines de semana y necesitábamos un clima más sosegado. Esperaría hasta el lunes para volver.

No tardé mucho en encontrar lo que deseaba compartir con ella. Es una oración que tengo en un libro pequeño que me enseñó a rezar mi abuela paterna. Le marqué con un post-it rosa y preparé otra que me enseñó un sacerdote que dedica su vida a esta tarea. Todo ese fin de semana veía los ojos de Regina en el ojo de mi mente y oraba de corazón por ella.

El lunes a la tardecita, entre que terminé las tareas de casa y llevé a mi hija a su clase de inglés, me hice un huequito para ir a verla, armada con las oraciones. Entré sin mirar al interior de las demás habitaciones para que ningún otro paciente me viera. Sólo quería estar con ella. Otra vez me encontré con la puerta entreabierta y la habitación en penumbras. Me asomé sin golpear, pero en la cama de Regina había otra señora acompañada de su hija. Pedí disculpas por haber irrumpido así y me puse a buscarla por todo el piso. Me fui al office de las enfermeras pero era la hora de la higienización y no di con quien me orientara.

No hacía falta preguntar nada ni seguir buscándola allí. Regina se había ido para no volver, y yo no había cumplido con su pedido. Bajaba por las escaleras hacia la salida ya cuando, de pronto, pasó una señora que acompañaba a la paciente de la habitación que compartía Regina.

-"Falleció el domingo a la madrugada. Estaba muy débil ya. Lo último que hizo antes de morir fue rezar una oración conmigo que me acordaba del catecismo: "Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te salve... " ¿La conocés?"


A boca de jarro

sábado, 16 de noviembre de 2013

Ceguera voluntaria



Gayla Benefield. Fuente: http://www.nbcnews.com/id/37217275/


Los porteños lo describiríamos como "el que levanta la perdiz", "el que bate" "el que sopla", "el botón", "el que te manda al frente", "el buchón". Tenemos muchas expresiones idiomáticas de alta connotación negativa para describir la actitud valiente de quien, frente a una situación crítica y peligrosa, investiga, alerta, informa, y, sin embargo, se encuentra con el repudio general, con el rechazo colectivo de la masa que prefiere seguir viviendo en la ignorancia de algún mal que puede perjudicarla. Es una actitud bastante arraigada entre nosotros esa del "No te metás", o la del "Yo, argentino", aún si el asunto te incumbe e incumbe a todos los que te rodean. De eso habla esta mujer, Margaret Hefferman, a quien escuché por primera vez hace un par de meses entre el listado de charlas de Ted, Ted Talks, de donde recibo notificaciones periódicas. Y gracias a ella también aprendí la expresión idiomática equivalente en inglés a todas las que enumero al comienzo: "to be a whistle blower", algo así como "ser el que da la voz de alerta", ya que el silbato ("whistle"), hace referencia a lo que hace un árbitro en plena cancha de fútbol cuando algún jugador comete una falta, o a un policía que hace sonar el pito para alertar a algún ciudadano que está cometiendo alguna infracción y dejarlo expuesto ante las miradas ajenas.

Gayla Benefield, la mujer que levantó la perdiz en su ciudad natal, Libby, en Montana, cercana a la frontera con Canadá, para pasar a ser el blanco de críticas y agravios, estaba haciendo su trabajo habitual cuando descubrió un secreto acerca de su lugar de origen: "su tasa de mortalidad era ochenta veces más alta que en cualquier otro lugar en los EE.UU." Una anomalía llamativa que nunca antes alguien había notado. No obstante, cuando advirtió a sus vecinos sobre la verdad de lo que sucedía en su pueblo, se encontró con otra dura realidad aún más impactante que su propio descubrimiento: nadie quería saber nada del asunto. A esta reacción de la masa, que elige seguir viviendo en un mal antes que enfrentar la verdad y hacer algo para mejorarlo, Hefferman la denomina "ceguera voluntaria", y sobre ella se basa su charla. Existe, en efecto, cierta coincidencia lingüística, ya que en español tenemos el viejo dicho que reza: "No hay peor ciego que el que no quiere ver".


No deseo extenderme demasiado ni adelantar nada más sobre la experiencia de Gayla, ya que la charla de Hefferman merece ser escuchada. Simplemente, considero relevante observar y reflexionar sobre este fenómeno de conducta a la vez tan humano y perjudicial, y, sobre todo, tan argentino. ¡Cuánto nos cuesta salirnos de esa zona de confort en la cual sentimos que vivimos para hacer cambios para mejor, aún si en ello nos va la propia salud o la vida! Y cuán fácil nos resulta desconfiar de quien es capaz de mirar un poco más allá, de llegar a denostarlo, a condenarlo al aislamiento como si fuese "un bicho raro" - incluso cuando el cambio que nos propone es para nuestro propio bienestar. Ese que es capaz de jugársela por los demás, de proponer modificaciones necesarias que hacen a la calidad de vida de todos es "el que paga el pato", "el que levanta el muerto", "el que canta las cuarenta" que nos viene a importunar. "¿Para qué nos vamos a complicar la vida?" "¡Lo atamos con alambre!" "Que lo arregle el que venga atrás." Es más fácil y más cómodo "hacerse el oso", "mirar para otro lado", "seguir como si nada, total, a mí no me va a pasar", "acá no pasó nada"... 

Algo que creía tan propio de la idiosincrasia de mi gente resulta ser un fenómeno universal. Esta ceguera que se elige a voluntad empieza por las pequeñas cosas de todos los días, como cuando ese señor mayor o la embarazada se suben al transporte público y nos hacemos los dormidos para no cederles el asiento, el mero hecho de no responder a un mail que recibimos, el no encargarnos de limpiar los excrementos de nuestro perro cuando lo sacamos a pasear por la vía pública, el no cuidar la limpieza y la integridad de aquellos lugares que llamamos "públicos" porque son de todos, el conducir sin respetar las normas de tránsito y de dar prioridad al peatón, el no comentar aquello que se podría mejorar en nuestro trabajo para no comprometernos o exponernos... Tenemos una lista tan larga de ejemplos de ceguera voluntaria o selectiva como expresiones idiomáticas que usamos para nombrarla eufemísticamente. La más temible es la que sucede cuando resulta provocada por aquellos que deberían generar el cambio, la que elegimos cada vez que nos evadimos con el partido de fútbol o el crimen del día, el programa de cultura chatarra en televisión abierta, para no mirar lo que está sucediendo a través de la ventana de nuestra propia casa o de la realidad, lo que afecta a un vecino o a un desconocido que habita nuestro mismo territorio u otro, un poco más lejano, pero igualmente castigado. Luego de escuchar el testimonio que da Hefferman sobre Gayla, la ceguera voluntaria como estatregia para evitar conflictos se me hace una pandemia. Tal como apunta Hefferman vehementemente, "La libertad no existe si no se usa, y lo que hacen los denunciantes, y lo que la gente como Gayla Benefield hacen, es usar la libertad que tienen." 




lunes, 11 de noviembre de 2013

A boca de jarro




Voy a hablar a boca de jarro como bloguera una vez más y a salir de las spring blues. Lo he hecho un par de veces antes, pero ahora ya he perdido la inocencia y el candor que acompañan al blogger novato. Vamos a decir la verdad de la milanesa, señoras y señores, y así empezamos la semana más livianitos, que de España me traje cuatro kilos de más que tengo que bajar urgentemente para el verano, porque no entro en ningún pantalón...

El jueves casi me caigo de culo cuando vi las estadísticas del jarro - cosa que todos, incluida yo misma, decimos que no miramos, que no hacen al meollo de la cuestión, pero cuando se disparan como lo hicieron el jueves, en mi caso, a un pico de 700 visitas, descorchamos y nos creemos Gardel. Terrible perplejidad la mía cuando al consultar en la opción "Público", me encontré con que el tráfico venía de Malasia. ¿Qué diablos hacen tantos malayos leyendo este blog? ¿Quién me los trajo al jarro? No sé, no tengo la menor idea, ni me interesa, pero les pediría por favor, si no es mucha molestia, que vuelvan, que se apunten como seguidores y que comenten copiosamente, porque no hay nada mejor para el ego blogger que contar con muchos seguidores nuevos y más comentarios para responder.

En esto de ponernos y quitarnos como seguidores de blogs, muchos bloggers somos de temer. Yo, la primera, y algunos de Ustedes ya se habrán dado cuenta. Sea porque entramos a una página y nos sale alguna encuesta o alguna advertencia de Software Malicioso - que alguna vez le han achacado al jarro también -, sea porque nos vemos abrumados de publicaciones de ese blog al que nos hemos apuntado, o sea porque el blogger en cuestión nos ha defraudado de alguna manera u otra y estamos medio cabreados, en el mundo de los blogs se aplica la misma ley que en todos los demás, y ante la menor sospecha de peligro, desborde, doblez o deslealtad, nos borramos, amén de que tenemos una vida que atender. No veo que sea reprobable, ya que se trata de algo muy humano que sucede en todo grupo o comunidad, sobre todo entre mujeres, no me pregunten por qué, o, mejor aún, anímense a responder los hombres, que encuentro bastante más cerebrales y medidos en este menester.



Lo cierto es que como blogger, me gusta leer las publicaciones de los blogs que sigo y comentar. Así como también me gusta que me lean y me comenten. ¿Qué digo "me gusta"? Eso dejémoselo a Facebook: a mi me encanta abrir el escritorio blogger y encontrarme con mucho eco del trabajo que le meto a esto, y me parece normal. Me pasé años remando, publicando entradas que pasaban desapercibidas para el resto de los mortales, salvo un grupete de entre 20 y 40 seguidoras locales, idas ya, hasta que un buen día, curioseando por ahí, me encontré con un ramillete de blogs españoles y se me abrieron las puertas del paraíso. Ellos saben lo agradecida que les estoy por haberme dado cabida, porque en España se bloguea en serio. Acá llamás a un técnico de computación para que te dé una mano para resolver tus problemas y te dice de antemano que de blogs no entiende nada.

La única persona que me ha echado una mano de manera absolutamente gratuita, desinteresada y anónima cuando estuve en aprietos en este jarro ha sido Miguel García Sánchez Colomer, a quien conocí a través de Google+, y a quien he dado en llamar "mi arcángel en las redes". Gracias a Google+, además, encontré personas valiosas que me han orientado en momentos en que necesitaba saber cómo obrar con ciertos personajes que sacaron lo peor de mí: vaya mi reconocimiento en esto al cordobés radicado en Barcelona José Facchin, cuyo sector principal es el turismo, y al  señor Angel Campos Rufián, a quien además tengo que agradecerle públicamente el mantenerme informada mejor que los medios locales de lo que sucede en España a través de sus blogs. Facchin me banca en todas, me quiere enseñar de SEO, de posicionamiento, de la necesidad de mi omnipresencia en todas las redes, y yo me resisto, no porque no me interese posicionarme mejor, sino porque no entiendo ni jota de cómo hacerlo, como me pasa cuando leo las entradas con tutoriales que los expertos publican y que me proponen andar tocando cosas en el blog que me da pánico tocar por no meter más la pata.

Una se va dando cuenta quién es quién en este mundillo blogueril: quién te sigue como mejor puede por real interés, quién te instruye, quién te enseña, quién te deleita, quién está para la vidriera, quién te comenta por conveniencia, por cortesía o para que piques y se arme polémica y quién te acompaña ya más por el ser humano que se proyecta que por tus publicaciones. Y además creo que todos como bloggers caemos en estas cosas, así es la historia, y hoy tenía ganas de contarla tal como la vivo, como es costumbre de la casa, porque además prepara el camino para otra entrada que tengo en borrador y que deseo de corazón que los malayos vuelvan a leer. Si a alguien he molestado u ofendido en este recorrido, hoy aprovecho la ocasión para pedirle perdón. El arte de bloguear, sobre todo cuando se hace de manera transparente y a boca de jarro, resulta sumamente aleccionador como experiencia de vida, además de ser divertido y reconfortante. Vaya en esto a la vez mi más profundo agradecimiento a todos los que leen y hacen posible esta ventana abierta al mundo que abrí allá por febrero del 2011 y que, sin demasiada originalidad, se me ocurrió llamar...

A boca de jarro

martes, 5 de noviembre de 2013

Primavera poco florida



"Los cambios en la vida de las personas vienen, en ocasiones, por caminos
 tortuosos e imprevistos. No se les reconoce en primer momento y su 
conmoción sobre el espíritu es considerada como un cataclismo emocional."


        Isabel Martínez Barquero, Aroma de vainilla, II.3, Edición Kindle, Amazon.es

 Esta primavera ha llegado poco florida. No es casual. Ha habido cambios profundos, de raíz, y creo que, tal como refiere esta cita de una autora que se me hace exquisita como el aroma de su novela, que no logro terminar por el inmenso cansancio que me embarga y una marcada falta de energía vital, los estados del alma no coinciden siempre con el calendario y parece que nada quiere florar en mi vida.

Me encuentro en un estado de conmoción e introspección ante el abandono de aquello que se me hacía familiar y seguro, aunque infructuoso en los últimos tiempos, y al mismo tiempo se adueña de mí una perplejidad y un grado de agotamiento paralizante ante una realidad de la cual no puedo siquiera hablar porque tengo miedo y me han ganado por cansancio, esa es la verdad. La tarea de recuperar imágenes que se perdieron por haber sido atacada al abrir esta boca de jarro se me hace pesada, aburrida y dolorosa. Ya nada parece ser lo mismo que antes, ni tan siquiera la esperanza de que la tierra donde abrí mi jarro y donde planté mi árbol alguna vez cambie. Será por eso que ni siquiera le encuentro sentido a la crítica. No hay oídos dispuestos a escuchar, manos limpias para enmendar, rostros confiables capaces de dar la cara por los males perpetrados, aunque siempre hay cuerpos enteros empeñados en seguir revolviendo el pasado para encontrar muertos que demonizar, un pasado que se me hace tan oscuro como el hoy en muchos aspectos.

Tampoco me siento acompañada en mi sentir por mis propios compatriotas: cualquier cortina de humo que se nos ponga por delante, como un velo para no ver más allá, vale para encontrar tema interesante del cual ocuparse: el fútbol, los crímenes del momento y demás yerbas. Nuestros noticieros se han pintado de amarillo. Pero el amarillo es un color que no me va: yo sigo soñando con la transparencia del agua pura, y eso sé bien a estas alturas que no abundará mientras viva. Es posible que en el fondo de las formas siga siendo una empedernida idealista.

Me aparto entonces de la humana compañía, de las últimas noticias, y me refugio en mi jardín. Allí  hallo un reflejo de la conmoción doliente de este cataclismo emocional que ha dejado arrasado a mi espíritu. Mis plantas con su árbol padre ido ya tampoco son las mismas. Parece que ellas lo extrañan como yo y están florando lentamente en esta primavera fría. Algunas, las enredaderas, trepan hacia las alturas sin tutor, desbordando sus macetas, como en busca de la protección que les concedía el árbol. Pronto tendré que plantearme qué hacer con todas ellas sin su cobijo de sombra, porque cuando pega el implacable sol del verano sobre mi jardín, no queda planta ilesa. Antes al menos encontraban cierto alivio bajo el follaje del ficus. Le doy vueltas al diagrama del jardín, cambio macetas de lugar, pero todo es en vano: soy yo la que no encuentra su lugar en este paradigma y así no logro volver a poner mi jardín en forma.

Bajé de la terraza una preciosa camelia y se apestó, perdiendo lastimosamente por todo el suelo pedregoso del jardín la promesa de capullos tiernos que no habían siquiera abierto. Le hice caso al experto de dedos verdes nuevamente y la fumigué, a ella y al jardín entero, con un líquido pestilente, vestida como un cirujano en pleno quirófano, pero parece que fue peor, para ella y para todas las demás. Se quedó flaca la pobre camelia y se le cayeron todas las hojas viejas y muchas nuevas, cosa que suele presentarse como un patrón de conducta en las mujeres que duelamos en mi familia: nos consumimos en pocos días y se nos cae el poco pelo que tenemos.

Los otros días volví al vivero del barrio en busca de más pensamientos para alegrar todo un poco, ya que hasta la pintura de la pared se está descascarando con tanta humedad acumulada. El experto me aseguró que no son plantas de estación, y sin embargo son los pensamientos los que siguen floreciendo en mi jardín urbano. Lo mismo pasa con el ciclamen. Se supone que ya no es tiempo de que dé flor. No obstante, quedó uno en pie, que sobrevivió mi ausencia por el viaje, y está cargado de pimpollos a punto de nacer. Por suerte frondó el ombú bonsái que le obsequié a mi padre cuando le rogué que viajara conmigo a España. Desde su sabiduría de anciano se negó rotundamente, respeté su decisión y su árbol está mejor que cuando se lo regalé. Lo mismo sucedió con unas orquídeas salvajes que vinieron del jardín de la casa de mis suegros, y que al dar flores brillantes por sobre la sequedad que las une al tronco donde llegaron a casa contrastan con la negrura del hollín detrás de la parrilla, como indicando que es tiempo de escuchar a los ancianos que han habitado este jardín argentino toda su vida y, a pesar de todo, siguen siendo fecundos.

Las porteñas jóvenes y sensuales visten shorts y musculosa para salir a la calle. Yo he dado vuelta al placard y a mis bibliotecas pero sigo llevando las mismas prendas y los libros reservados para este tiempo de cambio me siguen esperando en los estantes nuevos. No hay caso, es tal como dice siempre mi compañero de vida: no es cuestión de vestirse por calendario sino por lo que indica el termómetro. Y el termómetro del alma me dice que esta es una primavera destemplada y poco florida.



A boca de jarro

viernes, 1 de noviembre de 2013

Día de Todos los Santos




En días como hoy, hasta el más pintado los recuerda. Ellos están siempre presentes, todos los días de todos los años, pero si llueve como si el cielo llorara y si es Día de Todos los Santos, es inevitable no traerlos a la memoria que nos han dejado en su paso por la vida.

Nuestros muertos nos acompañan desde donde quiera que sea que creamos que están. Más allá de toda creencia, ellos nos habitan, somos prolongación de sus vidas, fruto vivo de ese árbol que nos ha sido dado y del que somos rama, flor y semilla, como ellos lo fueron antes que nosotros y otros lo serán cuando llegue el temido día de nuestra partida.

El misterio de la enfermedad y de la muerte, sea la de nuestros seres queridos o sea la propia, nos angustia y nos embarga a todos. El hombre posmoderno, quizás mucho más que otros, se cuestiona el por qué del sufrimiento y de la muerte sin encontrar respuesta. No existe filosofía alguna para explicar este humano misterio: sólo se puede esbozar una teoría especulativa que a nadie conforma. Es inútil en días como hoy, en los que se debaten dolores profundos del alma, angustiantes desamparos, penas y congojas existenciales áridas o yermas, enfrentarnos al sentir que la muerte despierta en nosotros intentando acallarlo con un manojo de frases hechas o un bastión de argumentos teóricos. Lo único que cabe en días como este, en mi modesto entender, la mejor respuesta ante la más acuciante de todas las preguntas humanas, es la ausencia absoluta de respuesta: el silencio ante el misterio, el dejar fluir la pena, el cederle paso al duelo. La actitud que tomo hoy es asumir mi propia pobreza de argumentos y respuestas, e intentar obrar a través del gesto, de la ternura y de la presencia silenciosa. Como dijo alguna vez un hombre que entregó su vida al servicio de los enfermos en un hospital de Buenos Aires, hoy más que nunca:

"No caigas en la tentación de los curas que cuando no saben qué decir hablan mucho."

Hoy es día de silencio en nuestro corazón. Tal vez encenderé una vela para recordar a mis muertos desde la luz con la que iluminan ellos mi paso por esta vida, sin entender por qué se fueron o por qué un día he de irme yo. Hoy es un día en el que siento que ellos están conmigo de maneras sutiles e inefables y así me aman, desde sus gestos invisibles más que desde sus actitudes y palabras en vida.

Si de algo sirven los días como hoy es para recordarnos que la muerte es parte de nuestra condición, que la finitud envuelve y cala hondo en nuestra existencia, que el día en que llegue a tocar la puerta, no podremos decir que no sabíamos nada de ella, porque ella anda siempre rondándonos, oscura y misteriosa, delimitando la frontera de nuestra frágil humanidad.

Causa un enorme dolor aceptar el hecho de que la muerte no llega cuando queremos, ni como queremos, que resulta muchas veces desprolija, ingrata y cruel. Lo único que se puede hacer ante esta enorme desdicha es aceptar sus inapelables reglas de juego e intentar encontrarle sentido a la partida que nos propone la vida, sin que la sombra del miedo y la rebeldía ante nuestro destino último nos conduzcan a un jaque mate: el de la impotencia y la ira por sabernos mortales. De todas formas, es mucho más fácil decir que poner en juego toda esta enorme sabiduría, por eso hoy es un día para meditar.

El mensaje que ofrece la vida todos los días, y tal vez hoy de manera explícita y especial, es que a pesar del misterio que no comprendemos, es mucho lo que se puede hacer desde acá, aún sin esperar ni creer en un "más allá", un "más allá" que no tiene por qué resultar una promesa paradisíaca ni una condena tortuosa al no ser. Podemos simplemente intentar aceptarlo como un merecido descanso tras una larga peregrinación, que, como tal, ha sido fructífera e intensa, más allá de cuánto hemos andando y de dónde y cómo nos hemos visto obligados a dejar de andar.

Acompaño hoy con el alma a todos aquellos que atraviesan el dolor de la muerte, y duelo también con todo mi ser, como lo hacen las plantas de mi jardín bajo la lluvia que no cesa, al árbol que al fin murió y me dejó sin su cobijo y el verdor de su compañía, que creía eternos, como suele pasarnos a todos con aquellos seres a quienes amamos de verdad.

A boca de jarro

IBSN

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."