miércoles, 30 de enero de 2013

Aclaro y oscurezco





  Hay un dicho que reza: "No aclares que oscurece". Pero voy a aclarar para oscurecer la luz que irradió mi reflexión anterior sobre las minivacaciones de risa y luz que nos dimos como familia el fin de semana pasado yendo al teatro porque está en mi naturaleza hablar a boca de jarro.

  Ante todo, creo necesario aclarar que lo de no viajar este verano es una opción que ha tomado mucha gente simplemente por una cuestión injustamente numérica. Un sueldo medio-alto para un adulto con hijos en la Argentina con un buen empleo full-time oscila entre los $9.000 y los $15.000 pesos, impuesto a las ganancias incluido, el cual se lleva entre 10% y el 15% del mismo, en un contexto donde hay que hacerle frente a una inflación anual del 25% al 30%. Este sueldo es equivalente a un salario de aproximadamente $1.500 a $2.500 euros, algo por encima del mileurista. Es decir, multiplicamos cada peso más o menos por 6 en este país para obtener un euro y a cada dólar por 7 u 8, dependiendo de si es verde o "blue", como se da a llamar al dólar que se compra en el mercado negro para obtener un mayor volumen del autorizado por el gobierno, por ejemplo, para salir al exterior. Esta restricción se conoce como cepo cambiario. Nuestros gobernantes nos autorizan a comprar entre 25 y 50 dólares diarios por persona para viajar afuera. Comprar oro sería menos complicado. Igualmente la cuestión es comprar.

  Ahora vayamos a los bifes, la especialidad argentina. Las minivacaciones al teatro Gran Rex a ver a Les Luthiers con localidades de privilegio, en fila 7, para cuatro, nos costaron $1.280 o 220 euros. Esta salida al teatro comparada con unas minivacaciones disparó la asociación de un comentador amigo de la casa con la "gasolina de bajo octanaje", o como diríamos aquí, de medio pelo, y no me ofende para nada la similitud, porque la siento igual, ya que en otras épocas, con el mismo trabajo y equivalente sueldo pero distintas condiciones económicas, pudimos acceder a viajes maravillosos en la Patagonia argentina, sin ir más lejos, en el Calafate mismo, donde se ve mucha riKeza por cierto. Hoy por hoy, unas horas un sábado por la noche para una familia tipo, con localidades en primera fila en el teatro, a riesgo de perder la billetera a la salida por la inseguridad imperante, tal como les conté, costo de estacionamiento y gasto de gasolina para el traslado de ida y vuelta, cena en un buen restaurante con postre y vino, alguna compra de ropa no muy ostentosa previa que hacemos las mujeres para la ocasión y alguna golosina o refresco durante la función, más propinas, equivale aproximadamente a $3.000 o 500 euros, que implica el gasto que hacemos en todas las compras que necesita hacer una familia tipo como la mía en el supermercado mensualmente para abastecerse dignamente.
 
  Otro comentador querido se asombraba de que los teatros estuvieran desiertos en general en nuestra tierra. A nosotros nos entristece, ya que amamos al teatro y adoramos llevar a nuestros hijos a ese mágico espacio. En mi hogar, quienes aportamos somos dos profesionales con tres títulos, mi esposo tiene dos, yo, uno, y ambos obtuvimos medalla de honor por nuestro desempeño académico. Aún así, no podemos hacer una salida como ésta al teatro en familia más que una o dos veces al año, debido al poder adquisitivo enflaquecido o devaluado de nuestros salarios, que es lo que obtenemos por nuestros trabajos, siendo que no tenemos contactos que nos acomoden en puestos mejor pagos, ni hemos heredado campos, ni empresas, ni tampoco nos hicimos políticos o personajes mediáticos o jugadores de fútbol de primera. Entonces, hasta ahí llegan nuestras salidas al teatro, que es muchísimo más de lo que pueden costear millones de bolsillos de otras argentinas y otros argentinos, por lo cual nos sentimos sumamente afortunados, aunque desde ya, aspiramos a una situación mejor para todas y todos.

   Unas vacaciones en Cariló, por ejemplo, destino predilecto de la clase paqueta argentina en la Costa Atlántica que parece ajena a los vaivenes inflacionarios y cambiarios, en un buen hotel durante 5 días, se ofrece a $4.280 con desayuno incluido, nada más. Digo nada más porque no incluyo los extras indispensables si uno sale con chicos de veraneo. Ésto implica un gasto de alrededor de $20.000 para una familia tipo, agregando comida y sin hacerse los locos, o sea unos 3.000 euros.

  La opción de playa en el extranjero, tomemos Brasil y Florianópolis, mi lugar favorito si me dan a elegir como playas más o menos cercanas, en hotel con media pensión, unos 8 días para carnaval y con aéreo, cuesta $6.500 por persona o $30.000 para toda la familia, y ahí se va el sueldo de un mes de trabajo entero de dos que trabajen todo el día afuera de casa y ganen realmente bien. Y al volver, hay que hacerle frente a la temida canasta escolar de cada marzo.

  Con todo ésto, lo que intento decir es que no me siento una pobretona por no haberme dejado estafar este verano para cumplir por la obligación social de viajar para vacacionar o para, a la vuelta, postear una simpática entrada en mi blog acerca de lo cansador que resulta irse a la playa con los chicos para descubrir que “...de la maternidad, una nunca se toma vacaciones". Como comenté en ese blog al que cito y no voy a nombrar, ya que lo hice sin ánimo de ofender pero con los pies sobre la tierra y registro de la realidad que me circunda como madre en Argentina, y siendo la única de las pocas comentadoras que no obtuvo respuesta de su autora, al leer una reflexión tan banal, no puedo dejar de pensar en tantas familias trabajadoras de nuestro país que este verano no pudieron darse la merecida posibilidad de salir de vacaciones, ni en micro, ni en auto, y mucho menos en avión, y de "volver": "Habiendo tomado sol, conocido lugares, comido rico, comprado cosas y sacado millones de fotos..." sin sentirse "listas" para regresar por el cansancio de ese rol que no se deja de ejercer ni de vacaciones, tal como describe ella misma, aún calificando esta experiencia como "sanadora" para su grupo familiar, lo cual celebro. Ésto debería poder pasarnos a todas y todos, pero no sucedió este año debido al alto costo que implica para una familia de clase media argentina, a la inflación imperante y a la peleada cuestión salarial. Optamos o tuvimos que quedarnos en casa con los chicos y, con suerte, anotarlos en alguna colonia o club barrial, pagando también por ello, para poder seguir con la rutina laboral o hacer arreglos necesarios en la casa. Para darles una idea, lo invertido en nuestra casa, en pintura, cambio de cortinados que teníamos desde hace ocho años y necesitaban reemplazo, ropa de cama y baño nueva, etc., insumió unos $12.000, o sea unos 2.000 euros. Tal vez estos datos concretos y reales brinden una idea más cabal de la realidad económica en mi país de la que dan los números en abstracto.

  Es claro, entonces, que minivacaciones y vacaciones, cansancio y descanso, o gasolina de alto y bajo octanaje son conceptos que adquieren connotaciones diferentes de acuerdo a la realidad de cada uno. De todas formas, para unos y otros, es verdad que de ciertas realidades y roles nadie puede ni debe tomarse vacaciones. Y si de sanar se trata, ruego a todos los Santos del cielo que pronto pueda dejar de gastar las fortunas que he gastado en medicamentos desde que mi salud empezó a necesitarlos, tal vez, en gran parte, debido el alto estrés que estas cuestiones financieras generan en mí. La verdad es que ví mucha más gente en farmacias, laboratorios y salas de espera este verano que gente haciendo o deshaciendo el equipaje de veraneo, pero tal vez sea una apreciación subjetiva y a boca de jarro. Sin dudas, las vacaciones resultan sanadoras no por visitas al médico, análisis y tratamientos, sino por merecidos paseos y viajes en familia que, insisto, todas y todos deberíamos poder disfrutar. Y lamento oscurecer la luz que irradió el tono de mi anterior reflexión con la gris realidad del bolsillo de los argentinos de bajo octanaje...


A boca de jarro

lunes, 28 de enero de 2013

Minivacaciones de risa y luz


  Un verano atípico por lo que noto más que por lo que se informa en mi país este año. Los precios en los lugares de veraneo están por las nubes y las condiciones climáticas en las playas del Atlántico sur tampoco ayudan, como de costumbre, entonces parece que muchos han optado por minivacaciones: escapadas de fin de semana para sacarse el gusto y tener algo para presumir, no sea cosa de tener que admitir que no nos fuimos de vacaciones este año porque la mano vino dura, aunque tuvimos que dormir con estufa en la costa y comer fideos con salsa de tomate...

  El diario y los noticieros decían que la mayoría de los turistas más estables en las playas son adolescentes y jóvenes que ya no veranean con sus padres y que llegan a la playa a la caída del sol, porque van a los centros turísticos principalmente para vivir de noche, de boliche en boliche y exceso en exceso. Lo que se percibe claramente en las calles de mi barrio y aledaños es que la clase media se quedó en la ciudad trabajando. Los comercios no cierran tan largamente como acostumbraban ni se ven casas vacías por semanas ni familias cargando el auto de bolsos y adminículos de playa para irse a pasar una quincena al mar, como solíamos hacer.


  La brecha entre la clase a la que no le afecta y nunca le afectó el desajuste entre salario y costo de vida y la que sí se ve muy a las claras. Los primeros siguen con sus viajes en avión al exterior rumbo a playas foráneas o destinos turísticos como Europa o Estados Unidos, con tours de compras incluidos.
 

   El otro día, en la gris mediocridad de la tele veraniega, me encontré con un programa periodístico en el que el planteo era por qué las salas de los teatros de los lugares de veraneo, e incluso de Buenos Aires misma, estaban desiertas: ¿sería por el precio de las localidades o por la pobreza en la calidad de las ofertas en materia de espectáculo? No perdí ni un minuto de mi tiempo después del planteo inicial en seguir viéndolo, ya que habíamos sacado entradas para ver Lutherapia en el Gran Rex, el día de su despedida, que fue el sábado.
 

  La verdad es que estaba tan entusiasmada con esa terapia que estos grandes artistas me iban a brindar a través de la risa y el talento que los caracteriza hace cuarenta años que no me preocupó en lo más mínimo si la sala estaría medio llena o medio vacía: esta vez, para todos los que dicen que veo sólo la mitad vacía del vaso, miré la llena y me emperifollé para disfrutar del trago. Fue una decisión familiar consensuada entre los cuatro. La opción era pasar un fin de semana por ahí, pagando un ojo de la cara y arriesgándonos al mal tiempo, o ir a una de las salas más imponentes de la ciudad y tal vez de Latinoamérica, con una ubicación privilegiada, y disfrutar de dos horas a puro humor de la mejor calidad. Y ni nosotros, grandes, ni nuestro adolescente hiperconectado, ni nuestra doncella de nueve lo dudamos por un segundo.






  No me sorprendió comprobar que Les Luthiers dio su última y magistral función de Lutherapia a sala absolutamente llena: tres pisos que albergan a más de 3000 personas, que lloramos de risa, pataleamos, nos retorcimos y acalambramos de espasmos de diversión, aplaudimos hasta que se nos enrojecieron las manos, silbamos y vibramos como hace tiempo que no hacíamos. Ahí es donde elegimos muchos irnos de vacaciones y la veo una decisión acertada  para los tiempos que vivimos y el año tal como se presenta. Todo me pareció tan sensato y encomiable que por dos horas me olvidé de que vivía en la Argentina. Me lo recordaron los pungas a la salida, cuando me abrieron la cartera que se meneaba descuidadamente de mi hombro, todavía convulsionado de risas en plena Avenida Corrientes, y me robaron la billetera con unos pesos y los documentos personales que me hubiese arruinado el mes de febrero tener que retramitar.

  Pero el domingo por la madrugada, un ser de luz, quizás otro ángel, me llamó por teléfono. La primera llamada fue a las tres de la mañana y no llegué a contestar: la levantó el contestador automático y no me dejó mensaje, pero mi corazón dio un salto. Me desperté temprano a pesar de la trasnochada y me fui a la comisaría a dejar asentado el extravío de mi documentación identificatoria, porque la denuncia por robo no sirve de nada. Tenía que ir a hacerla en las cercanías del suceso y se sabe que si la policía, que no estaba patrullando la salida de los teatros donde ésto es moneda corriente, encuentra a los punguistas, éstos entran y salen en un abrir y cerrar de ojos y mis cosas no aparecen. Hice la denuncia por extravío en la seccional correspondiente a mi domicilio, abonando diez pesos por la misma, y cuando llegué a casa había otro llamado sin mensaje. Por fin, cerca del mediodía, me llamó por tercera y vencida vez: su nombre es Mauricio. A él le habían vaciado tres bolsillos de su bolsito con documentación de su automóvil y medicación que necesitaba tomar. Su esposa, Liliana, se desesperó al darse cuenta de esto último y se puso a revolver los cestos de basura en las cercanías del teatro. Allí encontró, primero, mi billetera con todos mis documentos y sin un peso, excepto una moneda de diez centavos (¿otro signo?), que había encontrado tirada hacía unos días y guardé por la suerte, aunque no suelo creer en esas cosas. Luego, otra billetera cargada de tarjetas de crédito y documentación de una joven abogada a quien Mauricio también contactó en el curso del día. Y finalmente, en el fondo de un tacho y abriéndose paso a través de los residuos con una botella, Liliana encontró todo lo que Mauricio había perdido, menos el dinero, claro. Por lo cual se volvieron a casa sin cenar afuera y comenzó su cadena de favores ya entonces.

  Charlando ayer con ambos, cuando me invitaron amablemente a pasar por su casa a retirar lo que era mío, me comentaban que lo que más angustió a Liliana era la pérdida de los medicamentos, ya que Mauricio padece de una enfermedad rara que le afecta seriamente los ojos. Mauricio tiene un síndrome autoinmune como se sospecha que me sucede a mí, aunque más serio, ya que le han practicado un transplante de córnea por su glaucoma y sigue peleándola a base de medicación e intervenciones quirúrgicas. Hasta en eso este ser de luz me dio una lección de vida, haciéndome sentir que no todo está perdido como sentimos a veces por la situación socioeconómica, nuestras dolencias o como nos quieren hacer creer las noticias, donde estos hechos no se informan aunque sucedan tan a menudo como los robos, cada vez que se nos desampara a merced de los delincuentes por las calles de nuestra ciudad. Mauricio es un ser luminoso que regala salud espiritual a pesar de ver entre sombras a causa de sus problemas de salud física y es capaz de solidarizarse y ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. Después de la risa terapéutica y la luz que irradió este fin de semana de minivacaciones en la ciudad, hoy los dos tenemos una cita con un oftalmólogo, simplemente porque seguimos apostando por ver un futuro más claro, limpio y luminoso para todos.



A boca de jarro

martes, 22 de enero de 2013

De ángeles y signos


William Bouguereau, "The first kiss",1873.


"No vemos a los ángeles, pero en las oscuras avenidas de la angustia,
           se acercan y nos llaman. 
¡Se parecen a ellos las personas queridas,
           y no son sino ángeles los seres que nos aman!”

         Pedro Miguel Obligado.

                                              Mamá
  

  Chequeo mails el domingo y me encuentro con este escueto mensaje de mi mamá, que jamás me había enviado un mail ni se hizo seguidora del blog porque no tiene idea de cómo hacer esas cosas. Pero sabe acariciar mi alma y poner la oreja a mis asuntos todos los días. Mi mamá conoce bien las oscuras avenidas de la angustia y es un ángel de la guarda para mí y para toda la familia. Además, sabe que estoy enojada, muy enojada con todo y, sobre todo, con todos los Santos del cielo a los que solía prenderles velas, así que los ángeles encarnados en quienes me rodean para aferrarme a ellos son bienvenidos.
  
  La llamo y me dice que es una cita que tenía recortada de no se acuerda dónde, tal como me pasa a mí cuando leo algo que me pega y lo guardo, y que la lee junto con todas las otras que atesora de vez en cuando, como hago yo también, como si se tratara de una colección de frases inspiradoras autopublicada. Indago sobre el autor y me encuentro más o menos con esta descripción:

"Podríamos definir las letras de Pedro Miguel Obligado, argentino y porteño (1892-1967) profesor, ensayista, conferencista, guionista y sobre todo, poeta de raíz hondamente romántica, con esta expresión titular: Historia de una melancolía. Historia, pues exista o no una realidad episódica en la inspiración personal, aquella poesía evoca para nuestro bien la eterna emoción humana, compuesta por la repetición del mismo caso, que así es histórico en todos y en cada cual."

   Melancolía:" La eterna emoción humana... en todos y cada cual" a flor de piel por estos días. Dos días antes, el viernes por la tarde, la homeópata a la que fui a pedido y sin mucha convicción me había dicho con vehemencia: "¡Entregate!". Soy hija de médico clínico especialista en cardiología. Para mí ir a un homeópata es cuchillo de palo, y la tipa se dio cuenta al toque. Pero el que pidió que fuese es mi arcángel, el que me quiere y me banca y me explicó que con probar no pasaba nada, que era todo natural, que me iba sentir escuchada como no suele sucederme con los médicos tradicionales. Y le hice caso, porque sin él me hundo. Y sé que él sin mí también se hunde, por eso fui. 

  La señora, de aspecto nada esotérico ni hippie y absolutamente distendida y afable, me escuchó durante cuarenta y cinco minutos y me interrumpió unas tres o cuatro veces para reparar en mi lenguaje gestual, en el tono de mi voz, en lo que se escucha más adentro de las palabras. Y con lo poco que dijo tocó fibras que resonaron por lo identificables que resultan, aunque nunca lo había visto tan claramente así. Justamente se llama Clara.

  Supo hacer una radiografía emocional traslúcida de mi persona y me dejó más tranquila. Me recetó unos globulitos para tomar una vez por día. Los fui a buscar hoy a la mañana y empecé. Me dejó su teléfono particular, su celular y su mail, e insistió en que, ante cualquier duda, la contactara, cosa que nunca antes ningún médico, ni los obstetras que me atendieron, hicieron conmigo. Igual sigo sin creer en los milagros.

  Cuando salí de la consulta, me acordé de que hace unos días recibí un comentario en una entrada vieja del blog que agradecía una traducción que hice de una canción de Sting, tal vez el poeta y músico contemporáneo que más admiro en inglés, que me fascina: "The Book of My Life" ("El libro de mi vida"), ese libro que escribimos todos y cada cual día a día. Y el fanático de Sting que me lo dejó me pidió si podía traducirle "Let Your Soul Be Your Pilot" ("Deja que tu alma sea tu piloto"), porque no abundan traducciones decentes de las letras de Sting online. Le prometí hacerlo, pero al intentar traducirla, destrozo la poesía y me da mucha pena. Lo más maravilloso de todo aquello que nos conmueve es que es pura poesía. Así que le doy una señal de qué trata el tema y dejo que su alma lo guíe en descifrar su significado. Es como un signo, porque sí creo en los signos y creo además que son los que mejor nos guían cuando estamos un tanto desorientados:

"Cuando todos tus secretos quedan expuestos (...)
Cuando tu mapa te conduce a la duda
Cuando no hay información
Y la brújula gira en dirección incierta
Deja que tu alma sea tu piloto
Deja que tu alma te guíe
Te guiará bien"


   El alma en inglés es de género masculino: "He´ll guide you well". Digo porque ésto sucede con muy pocos sustantivos en ese idioma que adoro: ¿otro signo? El domingo, antes de chequear mails y llamar a mi ángel guardián materno, cuando escuché las campanadas de la parroquia de acá a la vuelta, me puse la remera nueva y colorida que me compré y fui. Fui con la intención de mirarlo a los ojos y decirle que estaba decepcionada, enojada. Fui para hacer como Él hizo una vez en su desesperación y preguntarle: ¿Por qué me abandonaste? Pero no pude. Porque me regaló un signo, otro entre todos los que recibí por estos días: convirtió el agua en vino para una boda. Al principio no estaba muy convencido, dijo que no tenía nada que ver con eso, que no había llegado su hora todavía. Pero se lo pidió la Madre. No estaba en juego la salud de nadie, como otras veces, como cuando yo me acuerdo de ir a pedirle o como cuando Sting encontró su inspiración poética para escribir su bella canción. Era simplemente el reclamo de lo que debía ser, ya que una fiesta no es fiesta sin vino. La vida no es vida en seco, sin una alegría. Por eso no busco un milagro, pero encuentro signos como éstos que traen alegría y luz a las oscuras avenidas de la angustia.

                                      Sting,  "Let Your Soul Be Your Pilot"

A boca de jarro
   

jueves, 17 de enero de 2013

Como vasija hundida en un mar seco


   

 

  El oftalmólogo me derivó a un reumatólogo porque se sospecha que padezco de un síndrome que lleva el nombre del científico sueco que lo identificó, Sjögren. Mejor no hagan como hice yo mientras espero el resultado de los análisis, que incluso pueden resultar imprecisos para el diagnóstico, y se pongan a googlearlo en internet, porque se pueden llegar a asustar, como me pasó a mí. Confórmense con lo básico: es una enfermedad autoinmune sistémica que se caracteriza por afectar principalmente a las glándulas exócrinas que conduce a la aparición de sequedad en ojos y boca principalmente y es bastante común en mujeres en la cuarta y quinta década de la vida. Sus causas se desconocen aunque se supone que son hereditarias. Y aún no hay una cura.

  Mientras espero más precisiones y junto todo el pelo que se me cae, también por el sueco éste o por la chifladura, como especuló la dermatóloga ayer, aunque ahora, por si acaso, me va a ver un endocrinólogo ya que estamos, los días se me hacen interminables y recibo muchas palabras que sé bienintencionadas, pero que me confunden aún más que la idea de cómo puede verse afectada mi vida si en efecto padezco de este mal que puede traer otros bemoles. Me dicen que no tema, ya que el miedo es lo opuesto del amor, que somos nosotros los arquitectos de nuestro propio destino, que nuestra mente puede alcanzar todas las metas que nuestros anhelos añoren con sólo proponérselo y que puede sanar todas las heridas y males que ella misma recrea, aunque inconscientemente. No lo entiendo. No entiendo nada. Será mi ignorancia emocional, esa que hace que sea de esas débiles criaturas que se sienten como vasija hundida en un mar seco al enfrentarse cobardemente con la enfermedad. 

  Prefiero creer que tememos porque amamos la vida y lo que vino con ella,  la única bella y terrible realidad que conocemos, y que el destino es aquello que, como dedicados artesanos, construimos día a día con los materiales que nos han sido dados, sin un plan ni un diseño demasiado elaborado; y que la creencia de que querer es poder vende mucho pero en verdad no cura todo los males y es humildad y sabiduría aceptarlo: los ejemplos abundan. 

  Todo esto no invalida, sin embargo, la férrea decisión de dar batalla, a la que reconozco como voluntad, hermanada con el impulso vital más profundo. Quisiera hacer con estos mitos, si se me permite, lo que hace el joven alfarero de una tribu india con la vasija que recibe de manos del experimentado y añoso artista alfarero que sabe que llega su ocaso: hacerlos añicos para moldear mi propia vasija, una que salga a flote, ya que son ideas que generan más culpa y más insatisfacción de la que suele acompañarnos cuando el oleaje de lo cotidiano se presenta plácido y manejable, pero resultan confusas y desesperantes cuando las aguas se agitan y nos sentimos como encallados en las profundidades de un mar seco del que deseamos emerger, precisamente por amor al aire fresco que de vez en cuando, aún en veranos sofocantes de esperas e imprecisiones como éste, nos refresca cuando estamos a flote.

  Cuenta Eduardo Galeano:

"A orillas de otro mar, otro alfarero se retira en sus años tardíos.
Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del adiós. Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda la tradición entre los indios del noroeste de América: el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia.
Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y admirarla, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos, recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla."


   Romper la vasija no es una exigencia: es una necesidad para el crecimiento personal del ser que somos, para el empuje que precisamos para emerger de lo profundo y lo oscuro, para encontrar la salida del laberinto. La vasija debe ser rota aunque los pedazos de aquellas que sirven como matriz se incorporan, rediseñados por nosotros mismos esta vez, ya adultos y maduros gracias al haber hecho trizas el ánfora dada, para lograr aquella que será finalmente nuestra propia obra y finalmente nuestro legado que otro hará trizas para reciclarlo y recrearse. Y sospecho que ésto nos pasa varias veces en la vida. En mi caso lo asocio con estos períodos en los cuales pierdo la brújula y me enfrento con la enfermedad.


  Dice Jorge Bucay al respecto de esta historia que él incluye en una versión más extensa en una reflexión recortada y atesorada de una vieja e imprecisa edición de la revista Viva que me encontré en estos días de poca lectura y mucha desorientación con respecto a qué hacer para llegar a la orilla de la sanación, sea como la recuperación de la salud perdida o la aceptación de un mal que no mata pero que me cambiará para siempre:

"... hayamos sido arrasados o bendecidos, nunca hay otro remedio que no sea construir desde y con lo que realmente ha quedado.
Todos los pueblos del mundo que han padecido catástrofes, guerras o graves períodos de crisis se han rehecho desde los cimientos de lo que les quedaba.
Cada persona que ha debido superar una hecatombe interna o externa sólo ha podido rehacerse cuando desde su interior aprendió a confiar en los recursos que aún guardaba.
Nadie resurge contando solamente con sus esperanzas o confiando en la ayuda que los de afuera habrán de acercar.... nada nos servirá si no echamos mano a nuestra propia riqueza, a nuestros más guardados recursos, a nuestra sapiencia y creatividad, a nuestra capacidad y nuestro trabajo."

 Ese es el trabajo que me ocupa en estas vacaciones. De todos modos, tomo la ayuda de las manos que busco y encuentro en el camino. Es un camino que debo recorrer una vez más, como cuando leí esta reflexión y decidí guardarla para siempre porque también me sentía vasija hundida y reseca. Es tiempo de reencontrar ese sentido de fluido equilibrio que no es más que la salud y de hacerlo con lo que cuento en mi haber y lo que ya he aprendido en otras oportunidades en las que se perdió, aunque esas herramientas que empleé entonces exitosamente para rastrearlo no salgan a la superficie en esta exploración tan fácilmente como el impulso que me llevó a releer y a hidratarme otra vez de estas enseñanzas que ya forman parte de los cimientos de mi identidad.



A boca de jarro

domingo, 13 de enero de 2013

De números y esperas



  Esperaba que llegara este tiempo de vacaciones por varias razones. La universal: para descansar. Otra, para controlar ciertas afecciones que fueron apareciendo sobre fin de año. Una mala costumbre de los docentes, y tal vez de otros gremios, es estrenar el año haciendo chequeos de salud que tendemos a postergar por nuestra rutina de trabajo. Y recalco que es una mala costumbre porque nada justifica postergar la salud, mucho menos el trabajo, aunque el sistema no parece entenderlo, y porque así no hay vacaciones.


  El descanso de los primeros días de enero se vio cubierto de polvo y envuelto por un ruido ensordecedor de 8 a 20 horas por más de 7 días por una cuadrilla que repavimentó mi calle, dándole ciertos aires a lo que se ve de Siria por televisión, aunque sin sangre, claro. No habrá sangre, pero no faltarán sudor y lágrimas para deshacernos del polvo que tardará semanas en desaparecer, mientras todos los cimientos temblaron tanto como nuestras cabezas abombadas por el calor y el inhumano nivel de ruido tóxico al que fuimos expuestos. Para colmo, la señora que venía a ayudarme con la limpieza una vez por semana me plantó sin aviso a fin de año alegando que el marido encontró trabajo y decidió quedarse a cuidar de su casa. Por si todo ésto fuese poco, una rama pesada nos dejó una vez más sin internet por 6 días, y nadie podía venir a arreglar el problema con el asfalto a medio terminar. Para rematar, casi interno a mi hijo adolescente debido a la grave crisis de abstinencia sucitada por la falta de señal en casa.

  Me habían enviado un mail que me instigaba a no temerle al 2013 una vez superado el pronóstico fallido del fin de mundo, dado que, según esta fuente, se trata de un número  que en el fondo es "muy majo", aquí diríamos "macanudo", pero es un mail importado. Aseguran que la fobia al 13, denominada Triscaidecafobia, que padecen muchas personas, especialmente los norteamericanos, para quienes no hay piso 13 en los edificios, "no les permite ver que más allá del 12 hay muchísimas cosas interesantes. Sin ir más lejos, nuestro satélite natural, la Luna, realiza 13 órbitas para completar su ciclo anual. Además, 13 semanas es la duración de cada estación, 13 son los ciclos "baktun" de la cuenta larga del gran ciclo maya para quienes era un número sagrado ya que representaba las 13 fases lunares..." ¡Y dale con los mayas este año también!

  Pero eso no es todo, me decía el mail, dirigiéndose a mí por mi nombre: "... los antiguos aseguraban que quien aprende a usar el número 13 recibirá poder y dominio. El 13 porta una advertencia de lo desconocido y lo inesperado. 13 es el número de basílicas originales de la cristiandad. El 13 se asocia con el genio; también con los exploradores, con la ruptura de lo ortodoxo, con los descubrimientos de todo tipo." Será. Yo siempre lo asocié con los 13 comensales de la última cena, incluyendo a quien entrega a Jesús a su muerte en cruz a los 33 años y con los 13 escalones del patíbulo... Aunque nunca fui demasiado adepta al significado de los números  en verdad.


   Entre tanto, mis controles arrojaron datos que no me alegran, aunque parece que de ésta no me muero tampoco. La cosa es que ya la vista venía molestándome con ardor, lagrimeo, ojos rojos y fotofobia (intolerancia a la luz), desde noviembre, cuando hay pilas de exámenes escritos finales para corregir, planillas y boletines para cerrar, y orales para tomar. Había hecho controles por guardia, me habían administrado gotas y ungüentos, pero necesitaba una consulta por consultorio para indagar acerca de las causas de este mal que no cesa. Libre ya de la rutina del trabajo, comencé a buscar un turno oftalmológico por mi sistema de salud prepago. Dado que vivo en la Argentina, no me sorprendió que el turno más próximo disponible fuese en 18 días. Así es que hice como miles de personas que no cuentan con cobertura médica privada hacen a diario: me levanté una mañana gris y plomiza a las 4 y 30 y me fui al centro oftalmológico público más renombrado de la ciudad para estar allí a las 6, hora en que un petizo de chaqueta azul y zapatos de cuero gastado marrones con humos de jefe comienza a repartir los escasos turnos de los afortunados que podrán ser atendidos en el día.



  Ya a las 6 de la mañana de un 3 de enero del 2013 la sala de espera estaba abarrotada de gente. El señor de azul nos hizo hacer fila, como hacemos para todo en esta tierra, y descubrí entonces que se repartían 2 tipos de turnos: los de números negros escritos sobre un cuadrado de cartón hecho a mano y los de números rojos. Los primeros 20 turnos en negro eran para quienes tendríamos la suerte de ser atendidos a partir de las 8. Los otros 20, en rojo, serían recibidos recién a partir de las 12. Sólo los ojos de las  primeras 40 personas que madrugamos como las aves del cielo serían examinados ese 3 del 01 del 13.  A mí me tocó negro el 7, consultorio 7.



   3 horas y 30 minutos de espera sentada sobre un duro tablón de madera entre paredes descascaradas, ventiladores desvencijados que remueven aire caliente y seres de todo tipo, condición y edad, cabeceando, bostezando o con ojos bien despiertos a pesar de sus dolencias, pueden resultar una escuela de vida asombrosa. Ni siquiera saqué los auriculares del celular para enchufarme a la radio porque presentí que no debía enajenarme de esa rica geografía de la cual, según caí en la cuenta, formo parte.



  Sí, son una gran escuela las salas de espera. Sobre todo las de los hospitales públicos donde se espera largo y en seco. Allí desespera quien espera acompañado por la angustia que angosta la garganta tan a sus anchas en su reino, el miedo propio o el del acompañante que acaricia, abraza, sostiene, alimenta, temerosos los dos de perder lo que aman. Allí espera su turno el dolor físico que intentamos transmitirle torpemente en palabras al médico cuando por fin nos interroga pacientemente y el otro, el indecible, el dolor del alma; espera la incertidumbre, la sombra, la certeza de esa mortalidad con olor a acaroína y miseria que siempre me produjo aprehensión y que solemos dejar internada en los hospitales. También se pasea por los pasillos la inconciencia con bastante desparpajo y en números generosos con su gesto de "aquí no pasa nada".



   El paisaje se torna pluriforme, multicolor, hipnótico en su ola de sudor temeroso e inquietante, y los rayos del implacable sol de enero que se cuelan y lastiman a través de un vidrio sucio plasman una radiografía clarísima de la fragilidad del alma humana que se encuentra encarcelada, gimiendo por salir de allí pronto, en cada cuerpo. Me pierdo en esas cavilaciones tan mías: ¿Qué edad tendrá esa mujer a la que le faltan tres dientes? ¿Qué le pasará a esa chiquita que se durmió en el regazo de su mamá de cara triste? ¿Para qué se amontonarán como vacas tras del cerco en la puerta del consultorio 7 si llaman por turno? En eso mis ojos ardientes se posan un rato sobre un pibe de unos 20 años que no logra quedarse quieto. Escucho su conversación por teléfono y descubro que se pierde una changa por $1.500 si no se va antes de las 10. Corta y se da cuenta de que me colgué en su ansiedad para huir de la propia, y mi boca de jarro me puede: 

-No vale la pena que te desesperes así. Tu salud no tiene precio.

 Me quedo con la frase resonando en lo profundo de un cansancio inusitado, casi vital. Mis ojos, diagnosticados 15 minutos más tarde como ojos secos, se inundan de lágrimas. Lástima que uno se venga a dar cuenta de esta verdad de Perogrullo recién cuando se encuentra esperando para que le den tan sólo una pista de por qué se perdió y qué se puede hacer para recobrarla. Para eso no hay número que valga en la ruleta de la vida. 

  Hoy, 13 del 01 del 2013, mi mamá cumple 76 años, entonces le pongo todas las fichas al 13.
  

A boca de jarro

martes, 8 de enero de 2013

Cerrado por vacaciones...






Llamésmoslas así... En cuanto pueda, les cuento. Hasta pronto. Les dejo un abrazo grande y espero sepan disculpar mi ausencia en sus espacios, amigas blogueras y amigos blogueros, hecho que lamento yo más que ustedes, les asuguro.

A boca de jarro

IBSN

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."