miércoles, 1 de junio de 2011

"La crianza, esa ardua tarea": Reflexión sobre el fragmento del libro de Maritchu Seitún publicado en LNR.



     

    En la  La Nación Revista del domingo 29 de mayo del corriente, salió este artículo, que es en verdad un fragmento de un nuevo libro sobre crianza, "Criar hijos confiados,motivados y seguros" de Maritchu Seitún, Editorial Grijalbo, tema que me apasiona, y sobre el cual deseo algún día escribir mi propio libro, mas allá de que, de hecho, lo hago día a día, ejerciéndola en presencia, mirada, escucha y entrega. Este artículo, como tantas disquisiciones blandas, “light” y postmodernas sobre el tema, me decepcionó


La crianza, esa dura empresa

En su nuevo libro, la especialista Maritchu Seitún ofrece una guía para dotar de confianza a nuestros hijos desde su primera infancia. Aquí, un extracto del capítulo La mirada (de los padres)

Domingo 29 de mayo de 2011 | Publicado en edición impresa
Los niños crecen en la mirada enamorada de su madre. Es una frase que confirmo cada día en mi trabajo con niños y adoles­centes, en las consultas de padres que vienen a verme preocupa­dos y, también, en la vida diaria con mis propios hijos y la gente que me rodea. Podría mejorarla diciendo: mirada enamorada de la madre, del padre y personas significativas de su entorno duran­te la crianza.
Con esa mirada crece la imagen de sí mismo, la autoestima, su confianza de ser valioso y de que el mundo lo va a recibir amo­rosamente y lo va a aceptar. Crecen la fortaleza y riqueza de ese pequeño ser que va constituyéndose desde el primer día de vida sin necesidad de organizar defensas inadecuadas.
En este contexto, enamorada significa encantada, llena de amor incondicional, fascinación, aceptación. Es una frase fácil de repetir y de creer, pero no parece tan simple cuando llega el mo­mento de sostener esa mirada.
Al nacer, el bebé no sabe que es; y lo va descubriendo poco a poco a través de su entorno, que funciona como un espejo que lo refleja. Si predominan las experiencias en las que lo hacemos sen­tir valioso, digno de amor, querido, querible, único, él se sentirá exactamente así. Lo mismo ocurrirá si le mostramos que es moles­to, ruidoso, insoportable, burro, demandante... Las palabras, el lenguaje corporal y las actitudes de los padres irán moldeando la imagen de sí mismo. Esto no significa que todas las experiencias tengan que ser de este tipo, pero sí que éstas predominen en la experiencia del niño.
Revisemos (para que esto no parezca una tarea imposible) nuestras expectativas de modo que sean razonables y realistas, tanto acerca del niño como de nosotros mismos. Pueden no ser­lo por muchas razones: que traslademos nuestra autoexigencia a nuestros hijos, que sea demasiado importante para nosotros la opinión de otros (padres, abuelos, amigos, etcétera), que intentemos que nuestros hijos hagan lo mismo que hicimos nosotros, o lo que no pudimos hacer, nuestra falta de experiencia, nuestra difi­cultad para esperar que ellos maduren a su debido tiempo, nues­tra propia autoestima baja que nos hace buscar seguridad en hijos perfectos...
En primer lugar, revisemos nuestras expectativas en relación con ellos. Dice Dorothy Corkille Briggs en El niño feliz que a nadie se le ocurre tirar de la punta de una planta para que crezca más rápido. Confiamos en que, si le damos agua, aire, luz y nutrientes adecuados, ella va a saber crecer. Aunque parezca absurdo, mu­chas veces nos encontramos haciendo esto con nuestros hijos.
Veamos algunos ejemplos. La mamá dice: "Saludá, nene, a la abuela" (y piensa: O ella va a decir que yo no sé educar a mis hijos), "Dale un beso a tu maestra nueva" (a quien la chiquita acaba de conocer y mira con pánico), "Saludá al señor" (ahora el pánico es del papá porque el señor es su jefe en el trabajo).
Si le damos a un niño muchos besos sin esperar nada a cam­bio, sin forzarlo a nada, un día empezará a hacer lo mismo. Lleno de amor y de besos, y con el ejemplo que le dieron sus padres y abuelos, estará en condiciones de hacerlo. Solo, sin presiones, sin la obligación de complacer a mamá para que no se desilusione o lo deje de querer, o por miedo de hacer enojar a papá, o de entris­tecerlos, o de ofenderlos y que se alejen emocionalmente de él.
Nuestros hijos chiquitos nos necesitan, no pueden vivir sin nosotros; por eso les resulta terrible la posibilidad de desilusio­narnos, o de correr el riesgo de perder nuestro amor y cuidados. Esto los puede llevar a aceptar por demás lo que los padres les pedimos; antes de estar realmente preparados para hacerlo. Y en ese camino pierden una parte de ellos mismos.
A diferencia de lo que nos ocurre con la planta (que sabemos que va a crecer), nuestra falta de confianza en nuestra capacidad de educar y de ser modelos adecuados para ellos nos lleva a em­pujarlos hacia adelante, y perdemos la oportunidad de disfrutar sus logros. Al centrarnos en lo que falta, logramos exactamente lo contrario de lo que anhelamos: hijos con poca confianza en sí mismos.
Cuando el bebé empieza a caminar, le regalamos la zapatilla (rodado sin pedales para mover con los pies). Logra dominarla a los dos años... y ya le estamos regalando el triciclo... Cuan­do a los tres puede pedalear y desplazarse cómodamente en su triciclo, le compramos la bicicleta con rueditas... Y a los cuatro, quizás encontremos un vecinito dotado motrizmente (que ya anda en bici sin rueditas) y empezamos a forzar a nuestro hijo a dejarlas. Este es sólo un pequeño ejemplo de lo que ocurre con muchos temas en la infancia.
Disfrutemos cada momento evolutivo sabiendo que el próxi­mo va a llegar y los veremos sonreír confiados y seguros de sí mismos. ¿No es eso lo que todos soñamos para ellos?
De la misma manera, observemos nuestras expectativas para con nosotros mismos (a fin de no pretender más de lo que real­mente podemos): ser buenos padres, tener la casa perfecta, no fallar en el trabajo, son presiones difíciles de sostener con hijos chiquitos; y, sin darnos cuenta, podemos hacerlos responsables de nuestros fallos en esas áreas.
Un ejemplo: los chiquitos tiran los vasos (especialmente los llenos) por mil razones. Porque son torpes y no tienen el esquema corporal consolidado, porque jugar es más importante para ellos que la alfombra, porque su capacidad de atención todavía es limi­tada, porque el enojo puede dominarlos hasta hacerlos tirar el vaso a propósito. Una mamá demasiado exigente (consigo misma y, en consecuencia, también con su hijo) se va a enojar mucho; y luego se va a volver a enojar con él porque, al tirar el vaso y hacerla enojar, la hace sentir una mala mamá. ¡Es demasiada responsabilidad para un solo niñito!, ¡y también para una sola mamá!
Los chicos crecen y, con seguridad, volveremos a tener la ropa impecable y los muebles perfectos. Mientras son pequeños, lo central es que tengan ese calorcito que sólo da la confianza de ser queridos tal cual son, de ser aceptados; de saber que sus padres están encantados con ellos.


     Aquí va mi reflexión, parte de la cual ya está en manos del editor de “Yo lector”, donde suelen publicar mis cartas de no más de 1.000 caracteres, y que viene de haber leído más de una veintena de libros sobre el tema, y, sobre todo, de ejercer la crianza comprometida, real y aplicada durante trece años ya.

    Al leer un título como este, una madre o padre amoroso y sano espera encontrar eco de esas dificultades que la crianza plantea paso a paso, y  que parece no estar bien visto comentar. Sin embargo, me encuentro con una psicóloga más, y ya van muchas, que insiste en que los padres están “enamorados” de sus hijos, con lo cual ya empezamos mal: Freud se retorcería en su tumba si leyera algo así. Coincido en que el amor a los hijos es visceral, único e incondicional, pero no se puede decir, para luego deber aclarar el sentido de la palabra que ya tiene su propio significado (para eso están las palabras), que uno está “enamorado de sus hijos”. Esto le haría un daño terrible a nuestros hijos, quitando inclusive toda connotación sexual del medio. Creo que en cuestiones de crianza, como en educación, nos hemos ido de un extremo al otro: el extremo del autoritarismo del que venimos históricamente como sociedad, en donde el niño se calla, obedece, es maltratado verbal y físicamente como si fuese un perro siendo domesticado, y no se lo escucha ni se le expresa el sano y profundo amor que uno siente por él,  al otro extremo, a lo que yo denomino “la dictadura del niño”, en la que al niño se lo “idolatra”, se lo convierte en el amo y señor de  la casa y de nuestro universo, se le dan todos los espacios para que “brille”, no se le pone ni un límite, se lo deja pasar por  un enano autoritario y desubicado, se le habla de igual a igual cual si fuese un adulto pequeño, se le explica el motivo y la razón de todos los “no” para no traumarlo, se lo deja “explorar” con la comida con la que debe alimentarse, pintar todas la paredes para que logre expresarse, jugar con la espuma de afeitar de papá para que desarrolle sus habilidades manuales y creativas, y todo, que es un exceso por donde se lo mire, sin ubicarlo en su realidad de niño. Y así se le hace tanto o más daño que al niño de antaño.
  Tengo la dicha de tener una excelente amiga, mujer inteligente y sin hijos, con quien puedo hablar mucho de todo esto. No me sucede igual con mis pares, madres urbanas contemporáneas. Ellas no parecen sentir a veces, como me pasa a mí, que los hijos, además de la indiscutible maravilla que aportan a nuestra existencia con su omnipresencia, amor incondicional de verdad, ingenuidad, ternura, creatividad, espontaneidad, y ganas de reír y jugar todo el tiempo, además resultan para cualquier adulto normal, precisamente por todos esos mismos motivos, muchas veces insoportables y terriblemente egoístas, simplemente porque son niños, y eso es lo que los incapacita para no ser egoístas. Pero lo son: son absorbentes, demandantes, impacientes en general, pedigüeños, caprichosos, obstinados, ruidosos, inquietos, y demás… Esto es también normal, deseable y esperable en un niño sano. Y esto natural y comprensiblemente  molesta a cualquier adulto; esto les molesta hasta a sus hermanos o hermanas que ya van dejando de ser niños, y que ven todo esto claramente, y uno les pide que los soporten:    
    
                          “¿No ves que es chiquito?”

   Ahora bien. Si yo comento algo de todo esto que todo chico grande con hermanitos pequeños dice tranquilamente, sin culpa y sin sentirse en falta por eso, con una madre en la puerta del colegio, no percibo empatía… Al contrario, se me mira cual si fuese un monstruo, y en la mirada leo un millón de horribluras que van desde “Mala madre” hasta el peor de los insultos… Y todo esto creo que se debe a la maldita y perenne culpa femenina y, sobre todo, materna…

   Esta sensación de ambivalencia tan presente en todo vínculo humano, y en el de filiación también, no tiene permiso de ser verbalizada en nuestros tiempos, y esto me huele a hipocresía. Y me indigna la hipocresía. El momento de mi vida en el que lo percibí con mayor claridad fue cuando decidí tener a mi segunda y última hija, y atravesé la crisis vital más honda de mi existencia, que me permitió hacerme adulta. Fue tal la sensación de desborde ante la exigencia, seguramente agrandada por mi propia autoexigencia, que no elegí padecer, pero que es uno de mis rasgos, sin que esto me convierta en una loca desquiciada incapaz de maternar amorosamente, que creí enloquecer en el intento de maternar fusionándome con una deseada y hermosa bebé recién nacida que mamaba cada cuatro horas, y seguir siendo la mamá presente que mi hijo mayor de entonces tan sólo 5 años necesitaba y reclamaba justamente. Y al mismo tiempo, poder encontrar espacio para seguir siendo “yo”: yo mujer, yo esposa, yo ama de casa, yo gerente de gestión de mi hogar, yo profesional exitosa y requerida, yo hija presente, yo hermana compinche, etc.… Todo esto, sin  la ayuda de una doula, o una niñera, o una mucama con cama adentro, como hacemos la mayoría de las mujeres... Todo esto que, creo, lógicamente, resulta demasiado, fue demasiada demanda para mí. Y me sentí muy sola y asustada en mi sentir, que fue catalogado de “neurótico” por un médico clínico que me recetó ansiolíticos para calmar mi ansiedad, los cuales interrumpieron el amamantamiento, generando aún más estúpida culpa, y  quien me mando a hacer terapia con una psi que me dijo exactamente lo que yo sabía de antemano me iba decir: 

     “¡Tenés que aprender a pedir ayuda! ¡Tenés que delegar! 
      ¡Tenés que pedir más delivery y hacer las compras online! 
      ¡Tenés que hacerte un análisis de sangre para ver cómo anda tu tiroides!” 

    Hasta que, en lo que decreté como mi alta terapéutica, con síntomas en remisión, gracias a consejos que no puse en práctica y a la lista de “tenés que” que superaba  ampliamente mi propia autoexigencia, tan cuestionada en este artículo por la autora, le dije:

     “Sí, ya se. Tengo que nacer de nuevo o cambiar de clase social, ¿no?” 

    Fin de la terapia.

    De todos modos, como dije, leí una veintena de libros sobre crianza, porque seguía sin perdonarme lo horrible de sentir que yo no me estaba plenificando en esta ardua empresa, sino que me estaba posponiendo, que estaba dejando una vida fecunda en muchos otros aspectos entre paréntesis. Yo me sentía la sombra de quien había sido antes del quiebre de la maternidad. Y fue allí cuando encontré a la única mujer que me explicó qué y por qué me pasaba todo esto: Laura Gutman. Ella fue quien me habló por vez primera de la sombra que me habitaba y devoraba entonces, advirtiéndome que, en tanto yo no la aceptara, por más impresentable que apareciera en sociedad, nunca brillaría en la luz de mi ser como por fin logré hacerlo gracias al “encuentro con mi propia sombra” a través de la maternidad. Ese es el agradecimiento y la bendición más grande que les debo a mis hijos: su estar en mi mundo por mi propia elección me permitió ver y aceptar que yo no soy toda ternura, paciencia, abnegación  y cosa dulce, como el personaje de "Mafalda", Susanita, por suerte para ellos y para mí, ya que además es un poco tontita. Que hay emociones oscuras y potentes dentro mío que son tan esenciales y valiosas, en tanto no se transformen en destructivas, como las que son esperables en las fiestas de cumpleaños infantiles en los “pelotuderos”… como los definía el joven e iluminado Padre Hernán, con quien, por aquel entonces, realicé un maravilloso Taller de Oración y Encuentro con La Palabra gratuito que me ayudó tantísimo más que la terapia con la especialista en postparto y crianza a quien le deje una suma considerable de mi dinero. No hay mejor terapia que la de un Cristo que te acepta Y TE AMA con todas tus miserias, y te enseña con su ejemplo a perdonar y perdonarte.

  Norberto Levy fue otro terapeuta que me ayudó mucho en esa transición, con su libro de ejercicios terapéuticos “El asistente interior”. Y leí otro breve y valioso trabajo de Levy el verano pasado, titulado “La sabiduría de las emociones”, en donde se le dedica un capítulo al enojo, que dice más o menos que el enojo es una válida y saludable emoción, siempre que “resuelva y no destruya”. Pero a esta psi parece que nunca se le vuelan los patos, como a las mamás reales, que ejercemos la crianza comprometida aplicada full time, sin delegar ni tercerizar, con todas nuestras humanas limitaciones, y con todo nuestro profundo amor incondicional y no “enamoramiento” por nuestros hijos.


   Otro aspecto que menciona el artículo es el de no apurar a los chicos en sus logros motrices, de aprendizaje y demás. Y en esto estoy absolutamente de acuerdo con la autora. No obstante, es el afuera, léase sociedad, escuela, maestras, jardineras, pares, otros padres, etc., los que apuran a los chicos. Se nos dice que no esperemos la perfección en nuestros hijos, pero se nos la exige como padres, en un mundo que ya exige demasiado aparte de nuestra propia autoexigencia. Aunque nosotros encaucemos el crecimiento de nuestros hijos respetando sus tiempos, es el afuera el que los y nos apura todo el tiempo. Sin ir más lejos, ayer, recibí una bien intencionada nota de la dulce maestra que este año tiene mi hija de ocho años, en la que me pide que la ayude a reconocer distintas categorías semánticas de palabras (sustantivos, adjetivos y verbos en infinitivo y conjugados en presente, pasado y futuro), cosa que mi hija hace bien, aunque hay adolescentes a quienes les resulta dificultoso, pero sustraídas de textos, con lo cual le agrega a la demanda de clasificación semántica compleja en sí, una exigencia mayor: lectura selectiva e intensiva, en textos que se incluyen en libros didácticos para ser usados para lectura extensiva o comprensiva a lo sumo, en tercer grado... A mis alumnos adolescentes, me lleva meses entrenarlos en hacer este tipo de discriminación en términos del por qué y para qué leemos, y ni hablar el lograr clasificar palabras semánticamente. Entonces pregunto: ¿quién apura a quién?

   Como concluye mi carta de lectores, que no se si veré publicada, me gustaría encontrar publicadas reflexiones más profundas sobre las turbulentas aguas de la crianza real.



   Y AVISO A LOS QUE CREAN EN LO QUE DICE LA CONCLUSIÓN DE ESTE ARTÍCULO:
¡NO SEAN ILUSOS! NO HAY CASA CON MUEBLES PERFECTOS NI ROPA IMPECABLE CUANDO UNO HA ELEGIDO TRAER HIJOS AL MUNDO, PORQUE ESO NO SERÍA UN HOGAR. AÚN SIN HIJOS: UNA CASA PERFECTA NO ES UN HOGAR DESEABLE NI HABITABLE. Y LO DICE UNA NEURÓTICA PERFECCIONISTA...


Y te lo digo así, con mi mayor respeto en el  acuerdo y el desacuerdo, a boca de jarro.

4 comentarios:

  1. Sos muy real y auténtica Fer, gracias por compartir tus experiencias y vivencias tan honestamente y con tantas ganas de más verdad en el mundo. besos!

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  2. Sos realmente muy amorosa, Lore. Y sí... yo soy así: vivo la vida "a boca de jarro". Y ojo: se que me puedo equivocar, y trato de aprender de todos y cada uno de mis errores.
    Y sí: claro que quiero un mundo mejor... igual que vos y que tantos otros. Un mundo perfumado como tus cerezas. A ver para cuándo hay más de esas para disfrutar.
    Te agradezco la empatía, sobre todo porque sos Licenciada en Psicología: pensé que unas cuantas me contestarían ofendidísimas, aunque creo que muchas deben ser muy buenas en el arte de ayudar a quien lo necesita. Y estimo por tu perfil que vos sos una de ellas.
    Besos,
    Fer.

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  3. Maria Fernanda
    Detrás de las lindas imagenes que mostras y de tu descarada auto propaganda, escondes un resentimiento groso.
    No creo que de esta manera consigas que te publiquen mas que alguna carta de lectores.
    Me juego a que esto no lo dejas aparecer en tu blog, porque solo te gusta criticar a los demas pero no aceptas nada distinto a lo que pensas.
    Atte

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  4. Pués te equivocás. Yo acepto las críticas, y no intento convencer a nadie de que tengo razón. Expongo mi parecer con libertad. La que se esconde detrás de un cobarde anonimato sos vos. Los anónimos hablan muy mal de las personas que los escriben. Y hacen daño.
    Yo no sé qué conseguiré, porque no busco conseguir más que esto que hago: pensar en voz alta con total honestidad y en absoluta libertad. Si te tomaras el tiempo para leer mis entradas, verías que hablo bien de mucha gente valiosa. Y me parece que sé bien quién sos, y que quien no acepta a nadie que no la halague o piense lo mismo sos vos. Lo de "Atentamente" te lo hubieras ahorrado, porque de atento un anónimo no tiene nada.

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."